Biblia Sagrada

La Repartición de la Tierra Prometida según Josué

**La Repartición de la Tierra Prometida**

En los días en que Josué, el siervo del Señor, había envejecido y avanzado en años, el Señor le habló con voz clara y firme: «Josué, has envejecido y avanzado en años, y aún queda mucha tierra por poseer». El corazón de Josué se llenó de reverencia al escuchar las palabras del Señor, pues sabía que el tiempo de su liderazgo estaba llegando a su fin, pero la obra de Dios continuaría.

El Señor continuó hablando, describiendo con precisión las tierras que aún no habían sido conquistadas. «Esta es la tierra que queda: todos los territorios de los filisteos y de los gesureos, desde el río Sihor, que está al oriente de Egipto, hasta el límite de Ecrón, al norte, que se considera como tierra de los cananeos. También están las cinco ciudades de los filisteos: Gaza, Asdod, Ascalón, Gat y Ecrón, junto con los aveos, que habitan al sur. Además, queda la tierra de los cananeos, desde Meará, que pertenece a los sidonios, hasta Afec, hasta la frontera de los amorreos; y la tierra de los gibleos, y todo el Líbano hacia el oriente, desde Baal-gad al pie del monte Hermón, hasta Lebo-hamat».

Josué escuchó atentamente, imaginando en su mente cada región mencionada. Sabía que estas tierras estaban habitadas por pueblos fuertes y orgullosos, cuyas ciudades estaban fortificadas y cuyos ejércitos eran temibles. Pero el Señor le recordó: «Yo mismo los expulsaré de delante de los hijos de Israel. Solo reparte la tierra como heredad para Israel, como te he mandado».

Con estas palabras, el Señor no solo le recordó a Josué su fidelidad, sino que también le dio instrucciones claras sobre cómo proceder. La tierra debía ser repartida entre las tribus de Israel, tal como Moisés había ordenado antes de su muerte. Josué, con el peso de la responsabilidad sobre sus hombros, comenzó a organizar la repartición.

Primero, llamó a los líderes de las tribus y a los ancianos de Israel. Se reunieron en Silo, donde el tabernáculo del Señor estaba establecido. Allí, Josué les recordó las promesas de Dios y les explicó cómo se dividiría la tierra. «El Señor nos ha dado esta tierra como herencia», dijo Josué con voz firme. «Debemos repartirla según las instrucciones que Moisés nos dejó, y cada tribu recibirá su porción».

Josué comenzó por las tribus que ya habían recibido su herencia al este del Jordán: Rubén, Gad y la media tribu de Manasés. Estas tribus habían recibido sus tierras bajo el liderazgo de Moisés, y Josué confirmó que su herencia permanecería intacta. «Vosotros habéis recibido vuestra heredad al otro lado del Jordán», les dijo. «Moisés, siervo del Señor, os la dio, y debéis permanecer fieles al Señor, sirviéndole con todo vuestro corazón».

Luego, Josué se volvió hacia las tribus que aún no habían recibido su herencia. Con la ayuda de los sacerdotes y los líderes, comenzó a repartir la tierra según el tamaño de cada tribu y según las instrucciones que el Señor había dado. La tierra se dividió por suertes, confiando en que el Señor guiaría el proceso para que cada tribu recibiera lo que le correspondía.

La tribu de Judá recibió una gran porción en el sur, incluyendo ciudades como Hebrón, Debir y Beerseba. La tribu de Efraín recibió tierras fértiles en el centro, mientras que la tribu de Manasés obtuvo territorios al norte, incluyendo parte de la llanura de Jezreel. Las tribus más pequeñas, como Benjamín y Simeón, recibieron porciones más reducidas, pero aún así suficientes para prosperar.

Josué también recordó a los levitas, la tribu consagrada al servicio del Señor. «Los levitas no recibirán una porción de tierra como las demás tribus», explicó. «El Señor es su herencia, y ellos recibirán ciudades para habitar y pastos para sus ganados». Así, se asignaron ciudades específicas para los levitas en medio de las tierras de las otras tribus, asegurando que estuvieran dispersos por toda la nación para enseñar la ley de Dios y guiar al pueblo en su adoración.

Mientras Josué supervisaba la repartición, su corazón se llenó de gratitud hacia el Señor. Aunque aún quedaban enemigos por conquistar y tierras por poseer, sabía que el Señor cumpliría sus promesas. «El Señor es fiel», murmuró para sí mismo. «Él nos ha guiado hasta aquí, y nos guiará hasta el final».

Finalmente, después de días de trabajo y oración, la repartición de la tierra se completó. Cada tribu recibió su herencia, y el pueblo de Israel comenzó a establecerse en sus nuevos hogares. Josué, aunque cansado, se sintió satisfecho. Había cumplido con su deber como siervo del Señor, y ahora confiaba en que las generaciones futuras continuarían la obra que Dios había comenzado.

Así, la tierra prometida comenzó a ser habitada por el pueblo de Israel, cumpliendo las promesas que el Señor había hecho a Abraham, Isaac y Jacob. Y aunque los desafíos aún persistían, el pueblo recordaba las palabras de Josué: «Esfuérzate y sé valiente, porque el Señor tu Dios estará contigo dondequiera que vayas».

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