Biblia Sagrada

Amasías: Entre la Obediencia y la Rebelión en el Reino de Judá

**La Historia del Rey Amasías: Entre la Obediencia y la Rebelión**

En los días en que el reino de Judá buscaba restablecerse bajo la mano de Dios, hubo un rey llamado Amasías, hijo de Joás. Amasías tenía veinticinco años cuando comenzó a reinar, y gobernó en Jerusalén durante veintinueve años. Su reinado fue marcado por momentos de gran fidelidad a Dios, pero también por decisiones que lo llevaron por caminos de desobediencia y orgullo.

Amasías comenzó su reinado con un corazón dispuesto a hacer lo recto ante los ojos del Señor. Sin embargo, no era un hombre perfecto, y su fe a menudo se veía entrelazada con las dudas y las tentaciones del poder. Una de sus primeras acciones como rey fue asegurarse de que la justicia prevaleciera en su reino. Mandó ejecutar a los siervos que habían asesinado a su padre, el rey Joás, pero, siguiendo la ley de Moisés, no permitió que los hijos de los asesinos fueran castigados, pues sabía que cada uno debía cargar con su propia culpa.

Con el tiempo, Amasías decidió fortalecer su ejército. Reunió a los hombres de Judá y Benjamín, y los organizó según sus familias, bajo capitanes de millares y de centenas. Contó a todos los hombres mayores de veinte años, y encontró que tenía un ejército de trescientos mil hombres valientes, listos para la batalla. Sin embargo, Amasías, deseoso de asegurar su victoria, decidió contratar a cien mil hombres fuertes de Israel por cien talentos de plata.

Pero entonces, un hombre de Dios se le acercó con un mensaje del Señor. Este profeta, cuyo nombre no se registra, le dijo: «Oh rey, no dejes que el ejército de Israel vaya contigo, porque el Señor no está con Israel, con todos estos hijos de Efraín. Pero si tú vas y peleas con valentía, Dios te hará caer delante del enemigo, porque Dios tiene poder para ayudar y para derribar.»

Amasías, aunque inicialmente dudó, decidió obedecer la palabra del Señor. Con un corazón temeroso de Dios, preguntó al profeta: «Pero ¿qué haremos con los cien talentos que ya he dado a las tropas de Israel?» El hombre de Dios respondió con firmeza: «El Señor puede darte mucho más que eso.» Entonces, Amasías despidió a las tropas de Israel, y ellas regresaron a su tierra, furiosas por haber sido enviadas de vuelta sin participar en la batalla.

El rey de Judá, ahora confiando únicamente en el poder de Dios, marchó con su ejército hacia el valle de la Sal, donde se enfrentó a los edomitas. Allí, Dios le dio una gran victoria. Amasías y sus hombres mataron a diez mil soldados edomitas en batalla, y otros diez mil fueron capturados y arrojados desde lo alto de una roca, donde perecieron. Fue una victoria contundente, y Amasías regresó a Jerusalén lleno de gloria y confianza.

Sin embargo, algo cambió en el corazón de Amasías después de esta victoria. En lugar de atribuir el triunfo a la mano de Dios, comenzó a enorgullecerse de su propia fuerza y sabiduría. Trajo consigo los dioses de los edomitas, aquellos ídolos que no habían podido salvar a su pueblo, y los estableció como sus propios dioses. Se inclinó ante ellos y les ofreció sacrificios, olvidándose del Dios que lo había librado de sus enemigos.

Entonces, el Señor envió a otro profeta para confrontar a Amasías. Este profeta le dijo: «¿Por qué has buscado a los dioses de un pueblo que no pudo librarse a sí mismo de tu mano? ¿Por qué te has apartado del Señor, que te dio la victoria?» Pero Amasías, endurecido por su orgullo, respondió con arrogancia: «¿Acaso te hemos hecho consejero del rey? ¡Cállate, no sea que te matemos!» El profeta, antes de retirarse, le dijo con tristeza: «Yo sé que Dios ha determinado destruirte, porque has hecho esto y no has escuchado mi consejo.»

Amasías, lejos de arrepentirse, decidió desafiar a Joás, rey de Israel. Le envió un mensaje, diciendo: «Ven, y veámonos cara a cara.» Joás, sabiendo que Amasías estaba actuando por orgullo, le respondió con una parábola: «El cardo del Líbano envió a decir al cedro del Líbano: ‘Da tu hija por mujer a mi hijo.’ Pero una bestia del Líbano pasó y pisoteó el cardo. Tú has derrotado a Edom, y tu corazón se ha envanecido. Gloríate, pero quédate en tu casa. ¿Para qué provocar un mal en el que caerás tú y Judá contigo?»

Pero Amasías no escuchó. Confiado en su propia fuerza, llevó a su ejército a enfrentarse a Joás en Bet-semes. Sin embargo, Dios no estaba con él esta vez. Judá fue derrotado ante Israel, y todos sus soldados huyeron a sus hogares. Joás capturó a Amasías y lo llevó a Jerusalén, donde derribó parte del muro de la ciudad y se llevó todos los tesoros del templo y del palacio real, junto con rehenes.

Amasías sobrevivió a esta derrota, pero su reinado nunca se recuperó. Vivió quince años más, pero el pueblo de Judá comenzó a conspirar contra él. Finalmente, huyó a Laquis, pero lo persiguieron hasta allí y lo mataron. Lo trajeron de vuelta a Jerusalén en un caballo y lo enterraron con sus padres en la Ciudad de David.

Así terminó el reinado de Amasías, un rey que comenzó con un corazón dispuesto a seguir a Dios, pero que, al final, se dejó llevar por el orgullo y la desobediencia. Su historia es un recordatorio de que la verdadera fuerza no está en los ejércitos ni en los ídolos, sino en la humilde dependencia del Señor, quien da la victoria a los que confían en Él.

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