Biblia Sagrada

El Día del Señor: Victoria Final y Reino Eterno

**El Día del Señor: La Victoria Final y el Reino Eterno**

En los últimos días, cuando el tiempo se acercara a su fin, el Señor actuaría de manera poderosa y gloriosa. La ciudad de Jerusalén, amada y escogida por Dios, sería el escenario de eventos que cambiarían el curso de la historia para siempre. Así lo había anunciado el profeta Zacarías, y así sucedería.

Jerusalén, la ciudad santa, sería sitiada por las naciones. Ejércitos poderosos, provenientes de todos los rincones de la tierra, se levantarían contra ella. Sus murallas, otrora imponentes, serían derribadas, y sus calles, llenas de vida, se convertirían en campos de batalla. Las casas serían saqueadas, y las mujeres, llevadas cautivas. Parecería que el enemigo había triunfado, que la ciudad de Dios estaba destinada a la ruina. Pero el Señor no abandonaría a su pueblo.

En medio del caos y la desesperación, el Señor mismo se levantaría para pelear por su ciudad. Con gran poder y gloria, descendería sobre el Monte de los Olivos, aquel lugar donde tantas veces había orado y enseñado. Al tocar sus pies la montaña, esta se partiría en dos, creando un valle inmenso que se extendería de este a oeste. La tierra temblaría con tal fuerza que los montes se derrumbarían y los valles se llenarían de escombros. El sol se oscurecería, y la luna dejaría de dar su luz, como si la creación misma estuviera esperando con expectación la manifestación del poder divino.

El Señor vendría con todos sus santos, ángeles poderosos y redimidos de todas las edades, formando un ejército celestial que brillaría como el relámpago. Sus enemigos, aquellos que se habían levantado contra Jerusalén, serían consumidos por un fuego devorador. Sus cuerpos caerían en el campo de batalla, y sus almas serían llevadas al juicio eterno. La victoria del Señor sería completa y definitiva.

En aquel día, las aguas vivas brotarían de Jerusalén, fluyendo hacia el este y hacia el oeste, hacia el Mar Muerto y el Mar Mediterráneo. Estas aguas, puras y refrescantes, llevarían vida a tierras áridas y desoladas. Dondequiera que llegaran, los árboles frutales crecerían, y los peces abundarían en los ríos. La tierra, antes maldita por el pecado, sería renovada y bendecida por la presencia del Señor.

El Señor sería proclamado Rey sobre toda la tierra. En aquel día, no habría más dioses falsos ni ídolos. Solo el nombre del Señor sería exaltado, y todos los pueblos lo adorarían en unidad. Jerusalén se elevaría como el centro del gobierno divino, y desde allí, el Señor reinaría con justicia y misericordia. Las naciones que hubieran sobrevivido al juicio subirían año tras año a adorar al Rey y a celebrar la Fiesta de los Tabernáculos. Aquellos que se negaran a hacerlo no recibirían lluvia sobre sus tierras, y su desobediencia sería castigada.

En la ciudad santa, todo sería santo. Hasta los cascabeles de los caballos y las ollas de cocina llevarían la inscripción: «Santo al Señor». No habría más maldición ni pecado, porque el Señor habría purificado a su pueblo y establecido su reino eterno. La luz del Señor iluminaría la tierra, y sus habitantes vivirían en paz y prosperidad.

Así sería el día del Señor, un día de juicio y salvación, de destrucción y renovación. Los que confiaran en él serían salvos, y los que se rebelaran serían consumidos. El Señor reinaría para siempre, y su nombre sería alabado por toda la eternidad.

Y el pueblo de Dios, redimido y restaurado, cantaría con gozo: «¡Santo, santo, santo es el Señor Todopoderoso, el que era, el que es y el que ha de venir!». Y la creación entera se uniría en alabanza, porque el Rey de reyes habría establecido su trono, y su reino no tendría fin.

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