Biblia Sagrada

El Poder de la Lengua: Historia de Eliab

**La Historia de la Lengua y el Poder de las Palabras**

En una pequeña aldea rodeada de colinas verdes y arroyos cristalinos, vivía un hombre llamado Eliab. Era conocido por su sabiduría y su habilidad para enseñar, pero también por su temperamento fuerte y su lengua afilada. Eliab era respetado por muchos, pero también temido, pues sus palabras podían edificar o destruir en un instante. Un día, mientras caminaba por el mercado, escuchó a un grupo de personas discutiendo acaloradamente. Las palabras que salían de sus bocas eran como chispas que amenazaban con encender un gran fuego. Eliab se detuvo y, con voz firme, les dijo:

—Hermanos, ¿no saben que la lengua es un fuego, un mundo de maldad entre los miembros de nuestro cuerpo? Contamina todo el cuerpo y, encendida por el infierno, puede incendiar toda nuestra existencia.

Los aldeanos lo miraron con curiosidad, y uno de ellos preguntó:

—Maestro Eliab, ¿cómo puede algo tan pequeño como la lengua causar tanto daño?

Eliab sonrió con tristeza y les invitó a sentarse bajo la sombra de un gran olivo. Allí, comenzó a contarles una historia que había aprendido de sus antepasados y que resonaba con las enseñanzas de Santiago, el siervo de Dios.

—Imaginen un gran bosque —comenzó Eliab—. Un solo árbol puede ser derribado por un hacha, pero un pequeño fuego, iniciado por una sola chispa, puede consumir todo el bosque. Así es la lengua. Aunque es un miembro pequeño, tiene el poder de causar gran destrucción. Con ella bendecimos a nuestro Señor y Padre, pero también maldecimos a los hombres, que han sido creados a imagen de Dios. De la misma boca salen bendición y maldición. Hermanos míos, esto no debe ser así.

Los aldeanos asintieron, recordando momentos en los que sus propias palabras habían causado dolor o división. Eliab continuó:

—¿Acaso brota de una misma fuente agua dulce y agua amarga? ¿Puede una higuera producir aceitunas o una vid higos? Tampoco una fuente de agua salada puede producir agua dulce. Así como un árbol se conoce por su fruto, el corazón de un hombre se revela por sus palabras.

Uno de los jóvenes del grupo, llamado Jonás, preguntó con voz temblorosa:

—Maestro, ¿cómo podemos controlar nuestra lengua? A veces, las palabras salen antes de que podamos detenerlas.

Eliab lo miró con compasión y respondió:

—La sabiduría que viene de lo alto es pura, pacífica, amable, dispuesta a ceder, llena de misericordia y de buenos frutos, sin incertidumbre ni hipocresía. Si buscamos esta sabiduría, nuestras palabras reflejarán el amor de Dios. Pero si permitimos que la envidia y la ambición egoísta gobiernen nuestros corazones, nuestras palabras serán como espadas afiladas.

Jonás bajó la cabeza, recordando una discusión reciente con su hermano. Eliab puso una mano sobre su hombro y añadió:

—No te desanimes, joven. Todos tropezamos en muchas cosas, y la lengua es la más difícil de domar. Pero con la ayuda de Dios, podemos aprender a usarla para bendecir y no para maldecir, para sanar y no para herir.

Los aldeanos se quedaron en silencio, reflexionando sobre las palabras de Eliab. Uno a uno, comenzaron a compartir sus propias luchas y a pedir perdón por las palabras hirientes que habían pronunciado. El ambiente en la aldea comenzó a cambiar. Las discusiones se volvieron menos frecuentes, y las palabras de aliento y amor se escuchaban más a menudo.

Eliab, viendo el fruto de sus enseñanzas, se sintió agradecido. Sabía que la transformación no era obra suya, sino del Espíritu de Dios obrando en los corazones de las personas. Una noche, mientras oraba bajo las estrellas, recordó las palabras de Santiago: «La lengua ningún hombre puede domar; es un mal que no puede ser refrenado, lleno de veneno mortal. Con ella bendecimos al Dios y Padre, y con ella maldecimos a los hombres, que están hechos a la semejanza de Dios».

Con un suspiro, Eliab elevó una oración:

—Señor, ayúdanos a ser instrumentos de tu paz. Que nuestras palabras sean como ríos de agua viva, que traigan vida y no muerte, que edifiquen y no destruyan. Que nuestra lengua sea usada para glorificarte a ti, el Creador de todas las cosas.

Y así, en aquella aldea, la enseñanza de Santiago cobró vida a través de las palabras y acciones de Eliab y sus vecinos. Aprendieron que, aunque la lengua es pequeña, su poder es inmenso, y que solo con la ayuda de Dios pueden usarla para bien. Y desde entonces, vivieron recordando que «la sabiduría que es de lo alto es primeramente pura, después pacífica, amable, benigna, llena de misericordia y de buenos frutos, sin incertidumbre ni hipocresía».

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