Biblia Sagrada

La Justicia y Misericordia en el Monte Sinaí

**La Ley de Justicia y Misericordia**

En aquellos días, cuando el pueblo de Israel acampaba al pie del monte Sinaí, Moisés subió a la montaña para recibir las leyes y mandamientos de Dios. El Señor, en su infinita sabiduría, estableció normas claras para guiar a su pueblo en justicia y rectitud. Entre estas leyes, se encontraban las ordenanzas detalladas en Éxodo 22, que Moisés transmitió al pueblo con solemnidad y reverencia.

El sol brillaba intensamente sobre el desierto, y el aire seco llevaba consigo el polvo de la tierra. Moisés, con su túnica blanca y su rostro resplandeciente por haber estado en la presencia de Dios, se dirigió a la multitud que lo esperaba con expectación. Levantó sus manos y comenzó a hablar con voz firme y clara:

—Escuchen, pueblo de Israel, las palabras del Señor. Él ha establecido leyes para que vivamos en armonía y justicia. Estas son las normas que debemos seguir:

**Sobre el robo y la restitución**

—Si alguien roba un buey o una oveja y lo mata o lo vende, deberá restituir cinco bueyes por el buey robado y cuatro ovejas por la oveja robada. El ladrón no quedará impune, pues la justicia de Dios exige que se repare el daño causado.

La multitud murmuró entre sí, reconociendo la severidad de la ley, pero también su equidad. Un hombre llamado Eliab, que había perdido un buey meses atrás, sintió un rayo de esperanza al escuchar estas palabras. Sabía que, si el ladrón era descubierto, recibiría una compensación justa.

Moisés continuó:

—Si el ladrón es sorprendido en el acto de forzar una casa y es herido de muerte, no se culpará al dueño de la casa por su sangre. Pero si esto ocurre después de la salida del sol, entonces el dueño será culpable de homicidio. El ladrón debe restituir lo robado; si no tiene con qué pagar, será vendido como esclavo para cubrir el valor de lo robado.

**Sobre el cuidado de lo ajeno**

—Si alguien deja su animal bajo el cuidado de otro y este muere, es herido o es robado sin que haya testigos, el cuidador deberá jurar ante el Señor que no tuvo culpa en el asunto. Si el animal fue despedazado por una fiera, el cuidador presentará los restos como prueba y no tendrá que pagar.

Un joven llamado Josué, que cuidaba los rebaños de su vecino, escuchó atentamente. Sabía que debía ser honesto y diligente en su trabajo, pues el Señor velaba por la integridad de cada uno.

**Sobre el préstamo y la responsabilidad**

—Si alguien pide prestado un animal de su prójimo y este sufre algún daño en su ausencia, deberá pagar la restitución. Pero si el dueño estaba presente, no habrá restitución. Si el animal fue alquilado, el pago del alquiler cubrirá la pérdida.

Moisés hizo una pausa y miró al pueblo con ojos llenos de compasión. Sabía que estas leyes no solo buscaban mantener el orden, sino también enseñarles a vivir en comunidad, respetando las posesiones y la dignidad de los demás.

**Sobre la moralidad y la justicia social**

—No maltratarás al extranjero ni lo oprimirás, porque ustedes también fueron extranjeros en la tierra de Egipto. No explotarás a la viuda ni al huérfano. Si los oprimes y ellos claman a mí, yo escucharé su clamor, y mi ira se encenderá, y los mataré a espada, y sus mujeres quedarán viudas y sus hijos huérfanos.

El pueblo sintió un escalofrío al escuchar estas palabras. Sabían que el Señor era justo y que no toleraría la injusticia. Una mujer llamada Débora, que había perdido a su esposo en la batalla contra los amalecitas, sintió consuelo al saber que Dios velaba por ella y por su hijo.

**Sobre la generosidad y la santidad**

—Si prestas dinero a uno de mi pueblo, al pobre que está contigo, no serás con él como un acreedor, ni le impondrás intereses. Si tomas en prenda el manto de tu prójimo, se lo devolverás antes de la puesta del sol, porque es su única cubierta, es el manto para su cuerpo. ¿En qué dormirá? Y cuando él clame a mí, yo lo oiré, porque soy misericordioso.

Moisés levantó sus manos hacia el cielo y concluyó:

—Guarden estas leyes en sus corazones, porque son la voluntad de Dios. No solo son normas para vivir en justicia, sino también para reflejar su misericordia y amor. Sean santos, porque yo, el Señor su Dios, soy santo.

El pueblo respondió con una sola voz:

—Haremos todo lo que el Señor ha mandado.

Y así, bajo la sombra del monte Sinaí, el pueblo de Israel aprendió que la justicia y la misericordia son dos caras de la misma moneda. Las leyes no solo protegían sus bienes, sino que también les enseñaban a vivir en comunión con Dios y con sus semejantes. Y Moisés, el siervo fiel de Dios, continuó guiándolos con sabiduría y humildad, recordándoles siempre que el Señor es su refugio y su fortaleza.

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