**La Purificación del Corazón: Una Historia Basada en 2 Corintios 7**
En la antigua ciudad de Corinto, donde el mar Egeo besaba las costas y las montañas se alzaban como testigos silenciosos, la iglesia fundada por el apóstol Pablo enfrentaba tiempos de prueba. La comunidad de creyentes, aunque ferviente, luchaba contra las tentaciones del mundo y las divisiones internas. Pablo, desde lejos, había enviado una carta llena de amor y corrección, una carta que había sacudido los corazones de los corintios.
Timoteo, el joven discípulo de Pablo, había llegado a Corinto con noticias de cómo la iglesia había recibido la carta. Pablo, desde su lugar de ministerio en Macedonia, esperaba ansiosamente las noticias. Finalmente, Tito, otro fiel colaborador, llegó con un informe que llenó de alegría el corazón del apóstol.
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Tito entró en la casa donde Pablo se hospedaba, su rostro iluminado por una sonrisa. «Pablo», dijo con voz emocionada, «los corintios han recibido tu carta con un corazón contrito. Tu palabras, aunque duras, han producido en ellos un arrepentimiento genuino. Han llorado, han clamado a Dios, y han comenzado a purificar sus vidas».
Pablo, con lágrimas en los ojos, levantó sus manos al cielo. «Gracias, Señor», murmuró. «Gracias por tu misericordia y por obrar en los corazones de tus hijos». Luego, volviéndose hacia Tito, le pidió que le contara todo con detalle.
Tito comenzó a narrar: «Cuando les leí tu carta, hubo un silencio solemne en la congregación. Tus palabras, inspiradas por el Espíritu Santo, penetraron en lo más profundo de sus almas. Recordaron tu enseñanza sobre la santidad y cómo Dios nos ha llamado a vivir en pureza. Muchos se dieron cuenta de que habían caído en la complacencia y el pecado. Hubo llanto, confesión y un deseo ardiente de reconciliarse contigo y con Dios».
Pablo asintió, recordando cómo había escrito con lágrimas y angustia, sabiendo que la corrección era necesaria pero dolorosa. «El arrepentimiento que lleva a la salvación no produce pesar», reflexionó en voz alta, «sino un cambio verdadero, una transformación que viene de Dios».
Tito continuó: «Los líderes de la iglesia se reunieron y decidieron disciplinar a aquellos que habían causado divisiones y escándalos. También se comprometieron a apoyar a los más débiles en la fe, recordando tu enseñanza sobre el amor y la unidad en Cristo. Incluso aquellos que antes se resistían a tu autoridad ahora te buscan con humildad, deseando restaurar la comunión».
Pablo sonrió, sintiendo una profunda gratitud hacia Dios. Sabía que el arrepentimiento de los corintios no era solo un sentimiento pasajero, sino un fruto del Espíritu Santo obrando en sus vidas. «Este es el tipo de tristeza que agrada a Dios», dijo Pablo. «Una tristeza que lleva a la vida, no a la muerte».
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En los días siguientes, Pablo decidió escribir otra carta a los corintios, esta vez llena de aliento y esperanza. Comenzó con palabras de consuelo: «Hermanos, aunque les escribí con lágrimas, no fue para entristecerlos, sino para que conocieran el amor que les tengo en Cristo. Ahora me alegro, no porque hayan sido contristados, sino porque su tristeza los llevó al arrepentimiento».
Pablo describió cómo el arrepentimiento genuino produce frutos visibles: celo por hacer lo correcto, indignación contra el pecado, temor de Dios, anhelo de reconciliación y justicia. «En todo esto», escribió, «han demostrado ser puros en este asunto. No les escribí por causa del que hizo el mal, ni por causa del que lo sufrió, sino para que su celo por nosotros se manifestara ante Dios».
El apóstol también expresó su confianza en la iglesia de Corinto. «Estamos consolados», escribió, «y además nos regocijamos mucho más por la alegría de Tito, porque su espíritu ha sido reconfortado por todos ustedes. Porque si en algo me he gloriado de ustedes ante él, no he sido avergonzado; antes bien, así como todo lo que les hemos dicho era verdad, también nuestro orgullo ante Tito resultó ser verdad».
Pablo concluyó la carta con una exhortación a mantenerse firmes en la fe y a seguir creciendo en amor y santidad. «Por tanto, queridos hermanos, puesto que tenemos estas promesas, purifiquémonos de todo lo que contamina el cuerpo y el espíritu, perfeccionando la santidad en el temor de Dios».
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Cuando la carta llegó a Corinto, los creyentes la leyeron con corazones agradecidos. Recordaron cómo Dios había usado la corrección de Pablo para llevarlos a un lugar de mayor intimidad con Él. La iglesia, ahora más unida y fortalecida, continuó creciendo en fe y en número, siendo un testimonio vivo del poder transformador del evangelio.
Y así, en la ciudad de Corinto, donde el mar y las montañas se encontraban, la gracia de Dios brilló con mayor intensidad, recordando a todos que el arrepentimiento genuino siempre lleva a la restauración y a la vida abundante en Cristo.