Biblia Sagrada

Esdras y la Restauración Espiritual de Israel

En los días posteriores al regreso del pueblo de Israel del exilio en Babilonia, bajo el liderazgo de Esdras, el escriba y sacerdote, el pueblo se enfrentó a una crisis espiritual que amenazaba con debilitar su relación con Dios. Esdras, un hombre de profunda devoción y conocimiento de la Ley de Moisés, había guiado a los israelitas de regreso a Jerusalén con el propósito de restaurar la adoración al Señor y reconstruir el templo. Sin embargo, una noticia perturbadora llegó a sus oídos, sacudiendo su corazón y el de muchos líderes del pueblo.

Un grupo de hombres de Israel, incluyendo a algunos sacerdotes y levitas, habían tomado mujeres extranjeras de las naciones vecinas, desobedeciendo así el mandato claro de Dios de no mezclarse con los pueblos paganos que adoraban a ídolos. Esta práctica no solo violaba la Ley, sino que también ponía en peligro la pureza espiritual del pueblo, ya que estas mujeres podían influir en ellos para apartarse del Señor y seguir a dioses falsos.

Esdras, al enterarse de esto, quedó profundamente afligido. Rasgó sus vestiduras, se arrancó los cabellos de la cabeza y la barba, y se sentó en el suelo, temblando de dolor y consternación. Los que temían las palabras del Dios de Israel se reunieron alrededor de él, compartiendo su angustia. Hasta la hora de la ofrenda de la tarde, Esdras permaneció postrado, llorando y confesando los pecados del pueblo. Levantó sus manos al cielo y clamó: «¡Oh Señor, Dios de Israel, tú eres justo! Nosotros hemos pecado contra ti al tomar mujeres extranjeras de los pueblos de esta tierra. Pero, ¿qué podemos decir ahora? Hemos abandonado tus mandatos, que nos diste por medio de tus siervos los profetas».

Mientras Esdras oraba y confesaba los pecados del pueblo, una gran multitud de hombres, mujeres y niños de Israel se reunió a su alrededor. El peso de la culpa y la convicción del Espíritu Santo cayeron sobre ellos, y muchos comenzaron a llorar amargamente. Entonces, Secanías, hijo de Jehiel, uno de los líderes del pueblo, se levantó y dijo: «Hemos pecado contra nuestro Dios al tomar mujeres extranjeras de los pueblos de esta tierra. Pero aún hay esperanza para Israel. Hagamos un pacto con nuestro Dios de despedir a todas estas mujeres y a los hijos nacidos de ellas, conforme al consejo de mi señor y de los que temen los mandamientos de nuestro Dios. ¡Que se haga conforme a la Ley!».

Esdras, reconociendo la gravedad de la situación, se levantó y exigió a los líderes de los sacerdotes, levitas y todo el pueblo que hicieran un juramento solemne de cumplir con este pacto. Todos juraron hacerlo, y se convocó una asamblea general en Jerusalén para tratar el asunto. Se anunció que todo aquel que no se presentara en tres días sería expulsado de la comunidad y sus bienes confiscados.

Al tercer día, en el mes noveno, el pueblo se reunió en la plaza del templo. La atmósfera era tensa, y el frío del invierno hacía temblar a los presentes, pero el temor al Señor era aún mayor. Esdras se levantó y les dijo: «Ustedes han pecado al tomar mujeres extranjeras, añadiendo así a la culpa de Israel. Ahora, confiesen su pecado ante el Señor, el Dios de sus padres, y hagan su voluntad: sepárense de los pueblos de esta tierra y de las mujeres extranjeras».

El pueblo respondió con una sola voz: «¡Así lo haremos! Pero somos muchos, y es la época de lluvias. No podemos quedarnos aquí afuera, ni esto es algo que se pueda resolver en un día o dos. Que nuestros líderes actúen en nombre de toda la asamblea, y que todos los que han tomado mujeres extranjeras vengan en los días señalados, acompañados de los ancianos y jueces de cada ciudad, hasta que el furor de nuestro Dios por este asunto se aparte de nosotros».

Solo unos pocos se opusieron a esta decisión, pero el resto del pueblo estuvo de acuerdo. Se nombró una comisión encabezada por Esdras y algunos líderes de las familias para investigar cada caso. Durante los siguientes tres meses, se reunieron y examinaron a cada hombre que había tomado una mujer extranjera. Uno por uno, confesaron su pecado y se comprometieron a despedir a sus esposas e hijos, ofreciendo un carnero como sacrificio por su culpa.

Fue un proceso doloroso y desgarrador. Muchas familias se separaron, y el llanto de mujeres y niños resonó en las calles de Jerusalén. Pero el pueblo entendió que la obediencia a Dios era más importante que cualquier relación terrenal. Sabían que, aunque el camino era difícil, era necesario para restaurar su relación con el Señor y asegurar su futuro como pueblo escogido.

Al final, se registraron los nombres de todos los hombres que habían tomado mujeres extranjeras, y se comprometieron a no volver a caer en el mismo error. Esdras, con lágrimas en los ojos, bendijo al pueblo y los animó a seguir adelante, recordándoles que el perdón de Dios estaba disponible para aquellos que se arrepentían de corazón.

Así, el pueblo de Israel dio un paso crucial hacia la restauración espiritual, aprendiendo que la obediencia a Dios, aunque costosa, siempre trae consigo su bendición y favor. Y Esdras, el fiel siervo de Dios, continuó guiando al pueblo en el camino de la justicia, recordándoles que el Señor es misericordioso y fiel para perdonar a aquellos que buscan su rostro con humildad y arrepentimiento.

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