Biblia Sagrada

Refugio en el Señor: La Fe de Eliab y el Salmo 31

**El Refugio en el Señor: Una Historia Inspirada en el Salmo 31**

En los días del rey David, cuando las luchas y las batallas eran frecuentes, había un hombre llamado Eliab, quien vivía en las afueras de Jerusalén. Eliab era un hombre de fe, pero su vida no estaba exenta de dificultades. Había perdido a su esposa años atrás debido a una enfermedad, y ahora criaba solo a su hijo pequeño, Samuel. Aunque confiaba en el Señor, las pruebas de la vida a menudo lo abrumaban.

Una noche, mientras las estrellas brillaban tenuemente en el cielo, Eliab se sentó en la puerta de su humilde hogar. Samuel dormía profundamente en su cama, pero Eliab no podía descansar. Las preocupaciones lo asediaban: las deudas que había acumulado, la amenaza de los bandidos que merodeaban por los caminos, y el temor de no poder proveer para su hijo. Con el corazón pesado, tomó un rollo de pergamino donde había copiado el Salmo 31, un salmo que había sido su consuelo en tiempos de angustia.

Con voz temblorosa, comenzó a leer: *»En ti, oh Señor, he buscado refugio; no sea yo jamás defraudado. Líbrame en tu justicia.»* Las palabras resonaron en su espíritu, y sintió que el Señor le hablaba directamente. Recordó cómo David, el rey ungido, había escrito estas palabras en medio de sus propias luchas, clamando a Dios desde lo más profundo de su alma.

Eliab cerró los ojos y oró: *»Señor, tú eres mi roca y mi fortaleza; por tu nombre, guíame y condúceme. Sácame de la red que me han tendido, porque tú eres mi refugio.»* Mientras oraba, una paz inexplicable comenzó a llenar su corazón. Sabía que, aunque no podía ver la salida, Dios estaba con él.

Al día siguiente, Eliab decidió confiar plenamente en el Señor. Tomó a Samuel de la mano y se dirigió al mercado para vender unas vasijas que había hecho. En el camino, se encontró con un grupo de hombres armados que bloqueaban el sendero. Eran bandidos, y su mirada era amenazante. Eliab sintió un escalofrío, pero recordó las palabras del salmo: *»En tu mano encomiendo mi espíritu; tú me has redimido, oh Señor, Dios de verdad.»* Con valentía, se acercó a los hombres y les habló con calma, ofreciéndoles una de sus vasijas como gesto de paz. Sorprendidos por su actitud, los bandidos lo dejaron pasar sin hacerle daño.

Cuando llegó al mercado, Eliab descubrió que un mercader de una ciudad lejana estaba buscando vasijas de barro de alta calidad. El mercader quedó impresionado con el trabajo de Eliab y le compró todas sus vasijas, pagándole generosamente. Con el dinero, Eliab pudo pagar sus deudas y comprar provisiones para su hogar.

Esa noche, Eliab y Samuel se sentaron juntos bajo el cielo estrellado. Eliab tomó el pergamino y leyó en voz alta: *»¡Cuán grande es tu bondad, que has reservado para los que te temen, que has mostrado a los que en ti confían delante de los hijos de los hombres! En la fortaleza de tu presencia los escondes de las conspiraciones de los hombres; los guardas en tu morada, lejos de las contiendas de las lenguas.»* Samuel, aunque pequeño, escuchaba atentamente. Eliab le explicó cómo Dios había sido fiel y cómo había provisto para ellos en medio de la adversidad.

Los días siguientes no estuvieron libres de desafíos, pero Eliab aprendió a confiar cada vez más en el Señor. Cada mañana, antes de comenzar su día, leía el Salmo 31 y recordaba que Dios era su refugio y su fortaleza. Aunque las circunstancias a veces parecían abrumadoras, sabía que el Señor estaba con él, protegiéndolo y guiándolo.

Con el tiempo, Eliab se convirtió en un hombre conocido por su fe inquebrantable. Sus vecinos lo buscaban para recibir consejo y consuelo, y él siempre los animaba a confiar en el Señor. Les decía: *»El Señor es bueno; es refugio en el día de la angustia, y conoce a los que en él confían.»*

Y así, la vida de Eliab se convirtió en un testimonio vivo del poder y la fidelidad de Dios. Aunque las pruebas no cesaron, su fe creció, y su corazón se llenó de una alegría que solo podía venir de confiar plenamente en el Señor. Como dice el Salmo 31: *»Ama al Señor, todos sus santos. El Señor guarda a los fieles, pero retribuye con creces al que actúa con soberbia. Esfuércense y aliéntense todos ustedes los que esperan en el Señor.»*

Y Eliab, con su hijo Samuel a su lado, vivió cada día recordando que, en medio de las tormentas de la vida, Dios era su refugio seguro, su roca eterna y su esperanza inquebrantable.

LEAVE A RESPONSE

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *