**La Historia del Becerro de Oro**
En aquellos días, el pueblo de Israel acampaba al pie del monte Sinaí. Moisés, el siervo de Dios, había subido a la montaña para recibir las tablas de la ley, escritas por el dedo mismo del Señor. El monte estaba envuelto en una densa nube, y el resplandor de la gloria de Dios iluminaba la cima como un fuego consumidor. Moisés llevaba cuarenta días y cuarenta noches en la presencia del Señor, y el pueblo, abajo en el valle, comenzó a impacientarse.
—¿Dónde está Moisés? —preguntaban unos a otros—. No sabemos qué le ha sucedido. Tal vez ha desaparecido, o quizás ha muerto.
La incertidumbre se apoderó de los corazones de muchos, y la fe que una vez tuvieron en el Dios que los había liberado de Egipto comenzó a debilitarse. Entonces, se congregaron alrededor de Aarón, el hermano de Moisés, y le dijeron:
—Levántate, haznos dioses que vayan delante de nosotros, porque a ese Moisés, el hombre que nos sacó de la tierra de Egipto, no sabemos qué le ha acontecido.
Aarón, presionado por la multitud y temiendo su reacción, accedió a sus demandas. Les dijo:
—Quitad los zarcillos de oro que están en las orejas de vuestras mujeres, de vuestros hijos y de vuestras hijas, y traédmelos.
El pueblo obedeció rápidamente, y pronto una gran cantidad de joyas de oro fue recolectada. Aarón tomó el oro y, con sus propias manos, lo fundió y lo moldeó en forma de un becerro. Cuando terminó, el pueblo lo vio y exclamó:
—¡Este es tu dios, oh Israel, que te sacó de la tierra de Egipto!
Al ver esto, Aarón construyó un altar delante del becerro y anunció:
—Mañana será fiesta para el Señor.
Al día siguiente, el pueblo se levantó temprano y ofreció holocaustos y sacrificios de paz. Luego, se sentaron a comer y a beber, y se levantaron a divertirse. La música y los cantos llenaron el aire, y el pueblo se entregó a la idolatría y a la inmoralidad, olvidando por completo al Dios verdadero que los había rescatado de la esclavitud.
Mientras tanto, en la cima del monte Sinaí, el Señor habló a Moisés:
—Desciende, porque tu pueblo, el que sacaste de la tierra de Egipto, se ha corrompido. Pronto se han apartado del camino que yo les mandé. Se han hecho un becerro de fundición, y lo han adorado, ofreciéndole sacrificios y diciendo: “Este es tu dios, oh Israel, que te sacó de la tierra de Egipto”.
El rostro de Moisés se llenó de angustia al escuchar estas palabras. El Señor continuó:
—He visto a este pueblo, y he aquí que es un pueblo de dura cerviz. Ahora, pues, déjame que se encienda mi ira contra ellos y los consuma; pero de ti yo haré una gran nación.
Moisés, con el corazón quebrantado, intercedió por el pueblo:
—Oh Señor, ¿por qué se encenderá tu ira contra tu pueblo, que tú sacaste de la tierra de Egipto con gran poder y con mano fuerte? ¿Por qué han de hablar los egipcios, diciendo: “Para mal los sacó, para matarlos en los montes y raerlos de sobre la faz de la tierra”? Vuélvete del ardor de tu ira y arrepiéntete del mal que has pensado hacer a tu pueblo. Acuérdate de Abraham, de Isaac y de Israel, tus siervos, a quienes juraste por ti mismo, diciendo: “Multiplicaré vuestra descendencia como las estrellas del cielo, y daré a vuestra descendencia toda esta tierra de que he hablado, y la tomarán como heredad para siempre”.
El Señor escuchó la súplica de Moisés y se arrepintió del mal que había dicho que haría a su pueblo. Entonces, Moisés descendió del monte con las dos tablas del testimonio en sus manos, escritas por ambos lados; de uno y otro lado estaban escritas. Las tablas eran obra de Dios, y la escritura era escritura de Dios grabada sobre las tablas.
Cuando Moisés se acercó al campamento, vio el becerro y las danzas. Su ira se encendió, y arrojó las tablas de sus manos, quebrandólas al pie del monte. Luego, tomó el becerro que habían hecho, lo quemó en el fuego, lo molió hasta reducirlo a polvo, lo esparció sobre las aguas y lo hizo beber a los hijos de Israel.
Moisés se dirigió a Aarón con voz firme:
—¿Qué te ha hecho este pueblo para que hayas traído sobre él tan gran pecado?
Aarón, temblando, respondió:
—No se encienda la ira de mi señor; tú conoces al pueblo, que es inclinado al mal. Ellos me dijeron: “Haznos dioses que vayan delante de nosotros, porque a ese Moisés, el hombre que nos sacó de la tierra de Egipto, no sabemos qué le ha acontecido”. Yo les dije: “El que tenga oro, que lo quite”. Y me lo dieron, y lo eché en el fuego, y salió este becerro.
Moisés, viendo que el pueblo estaba desenfrenado y que Aarón los había dejado para vergüenza entre sus enemigos, se paró a la puerta del campamento y gritó:
—¡Quien esté por el Señor, venga a mí!
Todos los hijos de Leví se reunieron alrededor de él. Moisés les dijo:
—Así ha dicho el Señor, Dios de Israel: “Poned cada uno su espada sobre su muslo; pasad y volved de puerta en puerta por el campamento, y matad cada uno a su hermano, y a su amigo, y a su vecino”.
Los hijos de Leví hicieron conforme a la palabra de Moisés, y aquel día cayeron del pueblo como tres mil hombres. Moisés les dijo:
—Hoy os habéis consagrado al Señor, cada uno en su hijo y en su hermano, para que él os dé hoy bendición.
Al día siguiente, Moisés le dijo al pueblo:
—Vosotros habéis cometido un gran pecado. Pero ahora subiré al Señor; quizás pueda hacer expiación por vuestro pecado.
Moisés volvió al Señor y dijo:
—¡Ay, este pueblo ha cometido un gran pecado, pues se han hecho dioses de oro! Pero ahora, te ruego que perdones su pecado; y si no, bórrame del libro que has escrito.
El Señor respondió a Moisés:
—Al que haya pecado contra mí, a ese lo borraré de mi libro. Ve ahora, lleva a este pueblo adonde te he dicho; he aquí que mi ángel irá delante de ti. Pero en el día que yo visite, castigaré su pecado sobre ellos.
Y el Señor castigó al pueblo por lo que habían hecho con el becerro que habían hecho. Así terminó aquel día de gran pecado y arrepentimiento, un recordatorio eterno de la fidelidad de Dios y la fragilidad del corazón humano.