**El Cantar de los Cantares 8: Una Historia de Amor Eterno**
En los días de antaño, en las tierras fértiles de Israel, donde los viñedos se extendían como un manto verde bajo el sol abrasador, vivía una joven cuyo corazón ardía de amor por su amado. Su historia, narrada en el Cantar de los Cantares, es un testimonio del amor puro y eterno que refleja el amor de Dios por su pueblo.
La joven, conocida como la Sulamita, caminaba por los senderos polvorientos que bordeaban los campos de granadas y viñas. Su rostro, iluminado por la luz del atardecer, reflejaba una mezcla de anhelo y gozo. Llevaba en su corazón un deseo profundo: que su amado fuera como un hermano para ella, para que pudieran compartir su amor sin restricciones. «¡Oh, si fueras como un hermano mío, que mamó los pechos de mi madre! Encontrándote fuera, te besaría, y no me despreciarían», susurraba para sí misma, recordando las palabras que había meditado una y otra vez.
Ella imaginaba cómo sería poder expresar su amor libremente, sin temor al qué dirán. En su mente, veía a su amado, fuerte y apuesto, como un cedro del Líbano, cuyo aroma llenaba el aire con fragancias de mirra y aloe. Su amor por él era tan intenso como el fuego, una llama que ni las aguas podrían apagar, ni los ríos extinguir. «El amor es fuerte como la muerte; los celos son duros como el Seol. Sus brasas son brasas de fuego, llama vehemente», pensaba, sabiendo que su amor trascendía lo terrenal.
Mientras caminaba, llegó a un pequeño viñedo que pertenecía a su familia. Allí, recordó las palabras de su amado, quien le había dicho: «Yo soy un muro, y mis pechos como torres; desde entonces soy a sus ojos como la que halla paz». Estas palabras la llenaban de seguridad, sabiendo que su amor era firme como una fortaleza, inquebrantable ante las pruebas de la vida.
De repente, escuchó pasos acercándose. Era su amado, quien había venido a buscarla. Su corazón se aceleró al verlo, y corrió hacia él con los brazos abiertos. Él la recibió con una sonrisa cálida, y juntos se sentaron bajo la sombra de un granado, donde las flores rojas como rubíes brillaban bajo el sol. Allí, compartieron palabras de amor y promesas de fidelidad.
«Ponme como un sello sobre tu corazón, como un sello sobre tu brazo», le dijo ella, mirándolo a los ojos con intensidad. «Porque el amor es fuerte como la muerte, y los celos son inflexibles como el Seol. Sus brasas son brasas de fuego, llama vehemente. Las muchas aguas no podrán apagar el amor, ni lo ahogarán los ríos». Él asintió, sabiendo que su amor era un reflejo del amor divino, un vínculo que nada ni nadie podría romper.
Juntos, hablaron de su futuro. Ella le contó cómo sus hermanos, en su juventud, habían cuidado de ella y la habían protegido. «Tengo una viña pequeña; mis hermanos me la dieron. Yo soy un muro, y mis pechos como torres», dijo con orgullo, recordando cómo había crecido en sabiduría y fortaleza bajo su cuidado. Él la escuchó con atención, admirando su valentía y su corazón puro.
Al caer la noche, decidieron regresar al pueblo. Caminaron de la mano, disfrutando de la brisa fresca que soplaba desde las colinas. En el camino, se encontraron con un grupo de jóvenes que trabajaban en los campos. Uno de ellos, al ver a la Sulamita, le dijo: «Nosotros tenemos una hermana pequeña que no tiene pechos. ¿Qué haremos por nuestra hermana cuando sea solicitada en matrimonio?». La Sulamita sonrió, sabiendo que su amor por su amado era inquebrantable, y respondió: «Si ella es un muro, edifiquemos sobre él un palacio de plata; y si es una puerta, cerquémosla con tablas de cedro».
Finalmente, llegaron a la casa de la Sulamita. Allí, su amado la miró con ojos llenos de admiración y le dijo: «Yo soy un muro, y mis pechos como torres; desde entonces soy a sus ojos como la que halla paz». Ella sonrió, sabiendo que su amor era un regalo de Dios, un vínculo sagrado que los uniría para siempre.
Y así, bajo el cielo estrellado de Israel, la Sulamita y su amado prometieron amarse eternamente, recordando que su amor era un reflejo del amor divino, un fuego que ni las aguas podrían apagar, ni los ríos extinguir. Su historia, narrada en el Cantar de los Cantares, sigue siendo un testimonio del poder del amor verdadero, que trasciende el tiempo y el espacio, y que nos recuerda el amor inquebrantable de Dios por su pueblo.
**Fin.**