**El Pacto Eterno: Un Relato Basado en el Salmo 105**
En los días antiguos, cuando la tierra aún era joven y las estrellas comenzaban a brillar en el firmamento, el Señor, el Dios de Israel, estableció un pacto eterno con su pueblo. Este pacto no fue hecho con tinta ni con palabras vacías, sino con promesas que resonarían a través de los siglos, como un eco que nunca se desvanece. El Salmo 105 nos invita a recordar estas maravillas, a meditar en sus obras y a proclamar sus grandezas. Así que, adentrémonos en esta historia, tejida con los hilos de la fidelidad divina.
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En la tierra de Canaán, un hombre llamado Abram recibió una llamada que cambiaría el curso de la historia. El Señor se le apareció en una visión y le dijo: «Sal de tu tierra y de tu parentela, y ve a la tierra que yo te mostraré». Abram, aunque anciano, obedeció sin vacilar. Con su esposa Sarai, su sobrino Lot y todos sus siervos, partió hacia lo desconocido, guiado por la promesa de que sería padre de una gran nación. El cielo se teñía de tonos dorados al atardecer mientras caminaban, y el viento susurraba las promesas de Dios.
Años más tarde, cuando Abram tenía noventa y nueve años, el Señor renovó su pacto con él. Bajo un cielo estrellado, Dios le dijo: «Mira hacia el cielo y cuenta las estrellas, si es que puedes contarlas. Así será tu descendencia». Abram creyó al Señor, y le fue contado por justicia. En ese momento, Dios cambió su nombre a Abraham, que significa «padre de multitudes», y estableció un pacto perpetuo con él y sus descendientes. La circuncisión sería la señal de este pacto, un recordatorio físico de la promesa divina.
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Pero la historia no terminó allí. Abraham tuvo un hijo llamado Isaac, quien a su vez engendró a Jacob. Jacob, también conocido como Israel, tuvo doce hijos, cuyas vidas serían el fundamento de las doce tribus de Israel. Sin embargo, la envidia y el engaño entraron en la familia cuando los hermanos de José lo vendieron como esclavo a unos mercaderes que se dirigían a Egipto. José, el amado hijo de Jacob, fue llevado lejos de su hogar, pero el Señor estaba con él.
En Egipto, José pasó de ser esclavo a ser el segundo al mando del faraón. Su sabiduría y discernimiento salvaron a Egipto de una gran hambruna. Cuando sus hermanos llegaron buscando alimento, José los perdonó y les dijo: «Vosotros pensasteis mal contra mí, pero Dios lo encaminó para bien, para preservar la vida de muchos». Así, la familia de Israel se estableció en Egipto, donde se multiplicaron y se hicieron fuertes.
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Pero con el tiempo, un nuevo faraón surgió en Egipto, uno que no conocía a José. Temeroso del crecimiento del pueblo de Israel, los esclavizó y los sometió a trabajos forzados. Los israelitas clamaron al Señor, y Él escuchó su gemido. Entonces, Dios levantó a un hombre llamado Moisés, quien había sido criado en la corte del faraón pero que había huido al desierto después de matar a un egipcio. En el monte Horeb, el Señor se le apareció en una zarza ardiente que no se consumía. «He visto la aflicción de mi pueblo en Egipto», dijo Dios, «y he descendido para librarlos».
Con señales y prodigios, Dios demostró su poder. Las aguas del Nilo se convirtieron en sangre, ranas invadieron la tierra, y tinieblas cubrieron Egipto durante tres días. Finalmente, la décima plaga, la muerte de los primogénitos, quebrantó el corazón del faraón. Los israelitas, protegidos por la sangre del cordero pintada en sus dinteles, salieron de Egipto con grandes riquezas. El mar Rojo se abrió ante ellos, y las aguas se cerraron sobre el ejército egipcio que los perseguía.
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En el desierto, el Señor guió a su pueblo con una columna de nube durante el día y una columna de fuego durante la noche. Les dio maná del cielo y agua de la roca. En el monte Sinaí, Dios estableció su pacto con Israel, dándoles los Diez Mandamientos y las leyes que los guiarían como nación. «Seréis mi pueblo especial, más que todos los pueblos de la tierra», les dijo.
Aunque el pueblo pecó y murmuró, el Señor fue fiel a su pacto. Los llevó a la tierra prometida, una tierra que fluía leche y miel. Allí, bajo el liderazgo de Josué, conquistaron ciudades y establecieron su hogar. El Señor cumplió su promesa a Abraham, Isaac y Jacob, demostrando que su palabra es firme y su fidelidad inquebrantable.
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Así, el Salmo 105 nos recuerda que el Señor es el mismo ayer, hoy y siempre. Sus promesas no fallan, y su misericordia perdura para siempre. Desde Abraham hasta Moisés, desde Egipto hasta Canaán, la mano de Dios guió a su pueblo con amor y justicia. Y aunque el camino fue difícil, el pacto eterno permaneció, como un faro que ilumina las tinieblas.
Por eso, alabemos al Señor y proclamemos sus obras. Recordemos sus maravillas y confiemos en su fidelidad, porque Él es nuestro Dios, y nosotros somos el pueblo de su prado. Amén.