Biblia Sagrada

Hijos de la Luz: Vigilando en Tesalónica

**La Vigilancia en la Luz: Una Historia Basada en 1 Tesalonicenses 5**

En la antigua ciudad de Tesalónica, rodeada por colinas y bañada por el brillo del mar Egeo, vivía una comunidad de creyentes que había abrazado el mensaje de Jesucristo con fervor. Esta iglesia, fundada por el apóstol Pablo en su segundo viaje misionero, era un faro de esperanza en medio de un mundo lleno de oscuridad. Sin embargo, como toda comunidad, enfrentaba desafíos y preguntas sobre el futuro, especialmente en lo que concernía al regreso del Señor.

Una noche, mientras la luna plateada iluminaba las calles empedradas de la ciudad, los creyentes se reunieron en la casa de un hombre llamado Aristarco. Era un lugar modesto, pero acogedor, con paredes de piedra y lámparas de aceite que proyectaban sombras danzantes. El aire estaba lleno del aroma a pan recién horneado y del sonido de salmos cantados en voz baja. Todos estaban allí para escuchar las palabras de Timoteo, quien había llegado con un mensaje de Pablo, su mentor y padre espiritual.

Timoteo, un joven de rostro sereno pero lleno de determinación, se levantó frente a la congregación. En sus manos sostenía un pergamino que contenía las palabras inspiradas por el Espíritu Santo. Con voz clara y firme, comenzó a leer:

«Hermanos, acerca de los tiempos y de las ocasiones, no tenéis necesidad de que se os escriba, porque vosotros sabéis perfectamente que el día del Señor vendrá como ladrón en la noche.»

Las palabras resonaron en el silencio de la habitación. Todos recordaban las enseñanzas de Pablo sobre el regreso de Cristo, pero ahora, escuchándolas de nuevo, sentían una mezcla de expectación y solemnidad. Timoteo continuó:

«Cuando digan: ‘Paz y seguridad’, entonces vendrá sobre ellos destrucción repentina, como los dolores a la mujer encinta, y no escaparán. Pero vosotros, hermanos, no estáis en tinieblas, para que aquel día os sorprenda como ladrón, porque todos vosotros sois hijos de luz e hijos del día. No somos de la noche ni de las tinieblas.»

Las miradas de los presentes se iluminaron con entendimiento. No eran como aquellos que vivían en la oscuridad de la ignorancia y el pecado. Ellos habían sido llamados a vivir en la luz de Cristo, a ser testigos de su amor y verdad en un mundo que a menudo parecía perdido.

Timoteo, viendo el impacto de sus palabras, hizo una pausa y luego continuó con una exhortación práctica:

«No durmamos, pues, como los demás, sino velemos y seamos sobrios. Porque los que duermen, de noche duermen, y los que se embriagan, de noche se embriagan. Pero nosotros, que somos del día, seamos sobrios, habiéndonos vestido con la coraza de fe y de amor, y con la esperanza de salvación como yelmo.»

Las imágenes que Pablo usaba eran vívidas y poderosas. Los creyentes imaginaron la coraza de la fe protegiendo sus corazones, el amor como un escudo que los defendía de las flechas del odio y la división, y la esperanza de salvación como un yelmo que guardaba sus mentes de la duda y el temor.

Timoteo levantó la voz un poco más, enfatizando las siguientes palabras:

«Porque no nos ha puesto Dios para ira, sino para alcanzar salvación por medio de nuestro Señor Jesucristo, quien murió por nosotros para que, ya sea que velemos o que durmamos, vivamos juntamente con él.»

Un susurro de gratitud recorrió la habitación. La muerte de Cristo no había sido en vano; era el fundamento de su esperanza y la garantía de su salvación. Vivir juntamente con Él era un llamado a una vida de comunión constante, tanto en este mundo como en el venidero.

Finalmente, Timoteo llegó a la parte final del mensaje, donde Pablo les recordaba su responsabilidad mutua como comunidad de fe:

«Por lo cual, animaos unos a otros, y edificaos unos a otros, así como lo hacéis. Y os rogamos, hermanos, que reconozcáis a los que trabajan entre vosotros, y os presiden en el Señor, y os amonestan; y que los tengáis en mucha estima y amor por causa de su obra. Tened paz entre vosotros.»

Las palabras resonaron en los corazones de los presentes. La iglesia no era solo un lugar de reunión, sino una familia espiritual donde cada miembro tenía un papel vital. Debían animarse mutuamente, apoyarse en los momentos difíciles y honrar a aquellos que dedicaban sus vidas al servicio del Señor.

Timoteo concluyó con una exhortación final:

«Estad siempre gozosos. Orad sin cesar. Dad gracias en todo, porque esta es la voluntad de Dios para con vosotros en Cristo Jesús. No apaguéis al Espíritu. No menospreciéis las profecías. Examinadlo todo; retened lo bueno. Absteneos de toda especie de mal.»

Las palabras de Pablo eran como un mapa que guiaba a los creyentes en su caminar diario. El gozo, la oración constante y la gratitud no eran meras sugerencias, sino expresiones de una vida transformada por el Espíritu Santo. Debían estar atentos a la voz de Dios, discernir su voluntad y rechazar todo lo que fuera contrario a su naturaleza santa.

Cuando Timoteo terminó de leer, un silencio reverente llenó la habitación. Luego, uno a uno, los creyentes comenzaron a compartir cómo esas palabras habían tocado sus corazones. Un hombre mayor llamado Demas recordó cómo, antes de conocer a Cristo, vivía en la oscuridad del pecado, pero ahora caminaba en la luz de su gracia. Una joven llamada Lidia compartió cómo la esperanza de la salvación la había sostenido en medio de las pruebas. Y un niño llamado Marcos, con voz temblorosa pero llena de fe, dijo que quería vivir siempre agradecido por el amor de Jesús.

Al final de la reunión, los creyentes salieron de la casa de Aristarco con corazones llenos de gozo y determinación. Sabían que el día del Señor llegaría, pero no vivían con temor, sino con esperanza. Eran hijos de la luz, llamados a brillar en un mundo oscuro, a velar y a estar preparados para el regreso de su Salvador.

Y así, en las calles de Tesalónica, bajo el resplandor de las estrellas, la iglesia continuó su caminar, recordando siempre las palabras de Pablo: «Y el mismo Dios de paz os santifique por completo; y todo vuestro ser, espíritu, alma y cuerpo, sea guardado irreprensible para la venida de nuestro Señor Jesucristo. Fiel es el que os llama, el cual también lo hará.»

La noche avanzaba, pero la luz de Cristo brillaba más fuerte que nunca en los corazones de sus seguidores. Y en esa luz, encontraban la fuerza para seguir adelante, sabiendo que, en cualquier momento, el amanecer eterno podría romper en el horizonte.

LEAVE A RESPONSE

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *