Biblia Sagrada

El Valle de la Muerte: La Profecía de Jeremías en Ben Hinom

**El Valle de la Muerte: La Profecía de Jeremías en el Valle de Ben Hinom**

En los días del rey Joacim, hijo de Josías, rey de Judá, la palabra del Señor vino a Jeremías, el profeta, diciendo: «Ve y compra una vasija de barro de un alfarero. Lleva contigo a algunos de los ancianos del pueblo y de los sacerdotes, y dirígete al valle de Ben Hinom, que está a la entrada de la puerta de los Tiestos. Allí proclamarás las palabras que yo te diré».

Jeremías obedeció al Señor sin vacilar. Caminó por las calles polvorientas de Jerusalén, donde el sol caía implacable sobre los techos de las casas, y el aire olía a pan recién horneado y a incienso quemado en los altares. Se detuvo en el taller de un alfarero, donde el hombre trabajaba con sus manos expertas, moldeando el barro en el torno. Jeremías compró una vasija sencilla, pero resistente, y la cargó con cuidado bajo su brazo.

Luego, reunió a los ancianos del pueblo y a los sacerdotes, quienes lo seguían con rostros curiosos y preocupados. «¿Qué nos mostrará el profeta esta vez?», murmuraban entre sí. Jeremías no respondió a sus preguntas, sino que los guió hacia el valle de Ben Hinom, un lugar que ya entonces era conocido por su oscura reputación.

El valle de Ben Hinom era un lugar sombrío, donde el eco de los lamentos parecía flotar en el aire. Allí, en tiempos pasados, el pueblo de Judá había quemado incienso a dioses extraños y había sacrificado a sus propios hijos en el fuego, ofrendándolos a Moloc, el ídolo abominable. El valle estaba lleno de huesos blanqueados por el sol y de altares rotos, testigos mudos de la idolatría que había provocado la ira del Señor.

Jeremías se detuvo en medio del valle, rodeado por los ancianos y los sacerdotes. Levantó la vasija de barro y, con voz clara y firme, comenzó a proclamar las palabras que el Señor le había dado: «Escuchen la palabra del Señor, oh reyes de Judá y habitantes de Jerusalén. Así dice el Señor de los ejércitos, el Dios de Israel: ‘He aquí, yo traigo tal calamidad sobre este lugar, que a todo el que lo oiga le retiñirán los oídos. Porque me han abandonado y han profanado este lugar, quemando incienso a dioses extraños que ni ellos, ni sus padres, ni los reyes de Judá conocieron. Han llenado este lugar con la sangre de inocentes, han edificado altares a Baal para quemar a sus hijos en el fuego como holocaustos, cosa que yo no les mandé, ni me pasó por la mente'».

Los rostros de los ancianos y sacerdotes palidecieron al escuchar estas palabras. Algunos bajaron la mirada, avergonzados, mientras otros murmuraban en voz baja, incómodos por la verdad que Jeremías proclamaba.

El profeta continuó: «Por tanto, he aquí que vienen días, dice el Señor, en que este lugar no será más llamado Tofet, ni valle de Ben Hinom, sino Valle de la Matanza. Haré que el consejo de Judá y de Jerusalén perezca en este lugar; haré que caigan a espada delante de sus enemigos y por mano de los que buscan su vida. Daré sus cadáveres como comida a las aves del cielo y a las bestias de la tierra. Haré que esta ciudad sea desolada y objeto de burla; todo el que pase por ella se asombrará y se burlará de todas sus calamidades. Haré que coman la carne de sus hijos y la carne de sus hijas, y cada uno comerá la carne de su prójimo, en el asedio y en la angustia con que los enemigos los afligirán'».

Al decir esto, Jeremías levantó la vasija de barro y, con un gesto dramático, la arrojó al suelo. La vasija se hizo añicos, y los pedazos de barro se esparcieron por el suelo del valle. Los ancianos y sacerdotes retrocedieron, impactados por el simbolismo de aquel acto.

«¡Así dice el Señor de los ejércitos!», exclamó Jeremías con voz temblorosa pero llena de autoridad. «Así quebrantaré a este pueblo y a esta ciudad, como se quiebra la vasija del alfarero, que no puede ser restaurada. Y en Tofet se enterrarán los muertos, hasta que no quede lugar para más sepulturas».

El silencio que siguió fue denso y pesado. Los ancianos y sacerdotes no se atrevían a hablar, pues sabían que las palabras de Jeremías no eran suyas, sino del Señor. El valle de Ben Hinom, que una vez había sido un lugar de sacrificios abominables, ahora sería un testimonio de la justicia de Dios.

Jeremías miró a los hombres que lo rodeaban y les dijo: «Vuelvan a la ciudad y cuenten a todos lo que han visto y oído. Díganles que el Señor ha hablado, y que si no se arrepienten, esta será su suerte».

Los ancianos y sacerdotes regresaron a Jerusalén con el corazón apesadumbrado, pero Jeremías se quedó un momento más en el valle. Miró los pedazos rotos de la vasija y recordó las palabras del Señor: «Así quebrantaré a este pueblo». Sabía que el juicio de Dios era inevitable, pero también recordó que el Señor es misericordioso y clemente, lento para la ira y grande en amor. Tal vez, si el pueblo se arrepentía, el Señor tendría compasión de ellos.

Pero el tiempo pasó, y el pueblo de Judá no se arrepintió. Las palabras de Jeremías se cumplieron al pie de la letra cuando los babilonios llegaron y destruyeron Jerusalén, llevando al pueblo al exilio. El valle de Ben Hinom se convirtió en un lugar de desolación, un recordatorio eterno de lo que sucede cuando el pueblo de Dios se aparta de Él.

Y así, la vasija rota en el valle de Ben Hinom se convirtió en un símbolo poderoso de la justicia y la misericordia de Dios, un llamado eterno a la obediencia y al arrepentimiento.

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