Biblia Sagrada

La Ofrenda de Cereal de Eliab en el Desierto

En los días antiguos, cuando el pueblo de Israel vagaba por el desierto bajo la guía de Moisés, el Señor había establecido leyes y ordenanzas para que su pueblo pudiera adorarle de manera santa y aceptable. Entre estas leyes, se encontraban las instrucciones detalladas sobre las ofrendas que debían presentarse en el Tabernáculo, el lugar santo donde la presencia de Dios habitaba entre ellos. Una de estas ofrendas era la ofrenda de cereal, descrita en el libro de Levítico, capítulo 2.

Había un hombre llamado Eliab, de la tribu de Judá, quien era conocido por su devoción y su deseo de agradar a Dios. Eliab había escuchado atentamente las palabras de Moisés cuando explicó cómo debía prepararse la ofrenda de cereal. Sabía que esta ofrenda no involucraba sangre, como la ofrenda de animales, sino que consistía en lo mejor de la cosecha, una expresión de gratitud y reconocimiento de la provisión de Dios.

Una mañana, Eliab se levantó temprano, antes de que el sol comenzara a calentar la arena del desierto. Tomó un recipiente de barro y lo llenó con la flor de harina más fina que había guardado cuidadosamente de su última cosecha. La harina era suave al tacto, blanca como la nieve, y desprendía un aroma dulce y terroso. Con manos temblorosas, la colocó en un cuenco de bronce, recordando las palabras de Moisés: «Cuando alguno ofreciere ofrenda de cereal a Jehová, su ofrenda será de flor de harina; sobre ella echará aceite, y pondrá sobre ella incienso».

Eliab tomó un frasco de aceite de oliva, prensado en frío y de un color dorado intenso. Con cuidado, vertió el aceite sobre la harina, observando cómo se mezclaba y formaba una masa suave y brillante. El aceite simbolizaba la unción y la presencia del Espíritu de Dios, y Eliab oró en silencio, pidiendo que su ofrenda fuera aceptada como un acto de adoración sincera.

Luego, abrió un pequeño frasco de incienso puro, que había adquirido de los mercaderes que pasaban por el campamento. El aroma del incienso era penetrante y dulce, y Eliab lo esparció sobre la ofrenda, recordando que el incienso representaba las oraciones que ascendían al cielo. Sabía que cada detalle de esta ofrenda tenía un significado profundo, y quería hacerlo todo conforme a la voluntad de Dios.

Con la ofrenda preparada, Eliab la colocó en una bandeja de bronce y se dirigió al Tabernáculo. El sol ya estaba alto en el cielo, y el calor del desierto hacía que el aire vibrara. Al llegar, se encontró con el sacerdote Aarón, quien lo recibió con una sonrisa amable. Eliab le entregó la ofrenda, y Aarón la tomó con reverencia, llevándola al altar de bronce que estaba frente al Lugar Santo.

Aarón tomó un puñado de la ofrenda de cereal, junto con todo el incienso, y lo colocó sobre el altar. Las llamas del fuego consumieron rápidamente la harina y el aceite, y el aroma del incienso se elevó hacia el cielo. Eliab observó con emoción, sabiendo que esta ofrenda era un memorial, una porción que se quemaba completamente como aroma grato para el Señor. El resto de la ofrenda pertenecía a los sacerdotes, quienes la comerían en un lugar santo, como parte de su sustento.

Mientras Eliab se arrodillaba para orar, sintió una paz profunda en su corazón. Sabía que, aunque su ofrenda era sencilla, había sido presentada con un corazón sincero y obediente. Recordó las palabras de Moisés: «Y lo que sobrare de la ofrenda de cereal será de Aarón y de sus hijos; es cosa santísima de las ofrendas que se queman para Jehová».

Al salir del Tabernáculo, Eliab miró hacia el cielo y dio gracias a Dios por su provisión y por la oportunidad de adorarle de una manera tan significativa. Sabía que cada ofrenda, cada detalle, era un recordatorio de la santidad de Dios y de la necesidad de acercarse a Él con reverencia y gratitud.

Y así, en medio del desierto, bajo el vasto cielo azul, el pueblo de Israel continuó aprendiendo a adorar a su Dios, siguiendo sus mandamientos y presentando ofrendas que reflejaban su fe y su dependencia de Aquel que los había liberado de la esclavitud y los guiaba hacia la tierra prometida.

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