**La Parábola de la Vid Estéril**
En los días en que el profeta Ezequiel recibía las palabras del Señor en medio del cautiverio de Babilonia, el pueblo de Israel se encontraba en un estado de desolación y confusión. Muchos se preguntaban por qué Dios los había abandonado y por qué su tierra, antes fértil y bendecida, ahora yacía en ruinas. Fue en ese contexto que el Señor le habló a Ezequiel con una parábola poderosa y llena de significado.
Una tarde, mientras el profeta meditaba junto al río Quebar, el Espíritu del Señor descendió sobre él y le dijo: «Hijo de hombre, ¿en qué se diferencia la madera de la vid de cualquier otra madera que se encuentra en los árboles del bosque? ¿Acaso es más fuerte que el roble o más resistente que el cedro? ¿O acaso su madera es útil para construir algo duradero?».
Ezequiel, con el corazón atento, escuchó estas palabras y sintió el peso de la pregunta. Sabía que el Señor no hablaba en vano, sino que cada palabra tenía un propósito profundo. El profeta respondió en silencio, esperando la revelación divina.
El Señor continuó: «Toma como ejemplo una rama de vid. Cuando está unida al tronco y da fruto, es hermosa y útil. Pero si se corta y se separa de la vid, ¿qué valor tiene? No sirve para construir muebles ni para hacer herramientas. Ni siquiera puede usarse como leña, porque es demasiado delgada y se consume rápidamente en el fuego. Su única utilidad es arder, y aun así, no deja más que cenizas».
Ezequiel comprendió que el Señor estaba hablando de Israel. La vid era un símbolo del pueblo elegido, plantado por Dios en la tierra prometida. En su estado original, Israel había sido llamado a dar frutos de justicia, amor y fidelidad. Pero ahora, separado de su fuente de vida, se había vuelto estéril y sin valor.
El Señor prosiguió con voz solemne: «Así como la vid cortada no sirve para nada, así también será el destino de Jerusalén. Porque ellos se han apartado de mí, han adorado a ídolos y han profanado mi santuario. Ya no dan fruto alguno, y por eso serán entregados al fuego de la destrucción. Así como el fuego consume la madera de la vid, así también consumirá a los habitantes de Jerusalén».
El corazón de Ezequiel se estremeció al escuchar estas palabras. Vio en su mente la imagen de Jerusalén, la ciudad amada, envuelta en llamas. Recordó las advertencias de los profetas anteriores, que habían clamado por el arrepentimiento del pueblo. Pero ahora, el juicio de Dios era inminente.
El Señor añadió: «He aquí, yo he puesto a Jerusalén en medio de las naciones, rodeada de tierras. Pero en lugar de ser luz para los pueblos, se ha corrompido más que ellos. Han seguido los caminos de las naciones paganas y han olvidado mi ley. Por tanto, haré de ellos un ejemplo para todos los que se apartan de mí».
Ezequiel cayó de rodillas, abrumado por la gravedad del mensaje. Sabía que el Señor es justo y que sus juicios son verdaderos. Pero también recordó que Dios es misericordioso y que siempre deja una puerta abierta para el arrepentimiento. Con lágrimas en los ojos, el profeta clamó: «Señor, ¿no hay esperanza para tu pueblo? ¿No hay manera de que se vuelvan a ti y sean restaurados?».
El Señor respondió con voz suave pero firme: «Hijo de hombre, mi juicio es necesario para purificar a mi pueblo. Pero no los he abandonado para siempre. Después del fuego, habrá un remanente que volverá a mí de todo corazón. Y de ese remanente, yo haré brotar una nueva vid, una vid que dará frutos de justicia y paz. Porque yo soy el Dios de la restauración, y mi amor por mi pueblo es eterno».
Con estas palabras, el Espíritu del Señor se retiró, y Ezequiel quedó en silencio, meditando en la profundidad del mensaje. Sabía que su tarea era transmitir esta parábola al pueblo, para que entendieran la gravedad de su pecado y la necesidad de volverse a Dios. Aunque el juicio era inevitable, también había esperanza para aquellos que se arrepintieran de corazón.
Así, Ezequiel se levantó y comenzó a proclamar la palabra del Señor en medio del cautiverio. Y aunque muchos no quisieron escuchar, el profeta sabía que su mensaje era como una semilla plantada en tierra fértil, que algún día daría fruto para la gloria de Dios. Porque el Señor, en su infinita misericordia, nunca abandona a los que buscan su rostro con sinceridad.