Biblia Sagrada

El Arrepentimiento y Perdón del Rey David

**El Arrepentimiento del Rey David**

En las antiguas tierras de Israel, bajo el cielo azul que se extendía como un manto sobre Jerusalén, el rey David caminaba por los pasillos de su palacio. Aunque era un hombre conforme al corazón de Dios, su alma estaba cargada de un peso insoportable. La culpa lo consumía, como un fuego que no se apagaba. Había pecado gravemente contra el Señor, y su espíritu gemía en busca de perdón.

Todo había comenzado en una tarde de primavera, cuando David, en lugar de salir a la batalla con sus hombres, se quedó en su terraza. Desde allí, vio a una mujer de belleza extraordinaria bañándose. Era Betsabé, esposa de Urías, uno de sus valientes soldados. La lujuria lo dominó, y en lugar de resistir la tentación, cedió a sus deseos. La invitó al palacio, y cometió adulterio con ella. Poco después, Betsabé le envió un mensaje: estaba embarazada.

En lugar de arrepentirse, David intentó ocultar su pecado. Llamó a Urías desde el campo de batalla, esperando que pasara la noche con su esposa y así cubrir el embarazo. Pero Urías, siendo un hombre de honor, se negó a disfrutar de comodidades mientras sus compañeros luchaban. Desesperado, David ordenó que lo colocaran en la primera línea de batalla, donde seguramente moriría. Y así fue. Urías cayó, y David tomó a Betsabé como su esposa.

Pero Dios, que todo lo ve, no pasó por alto este pecado. El profeta Natán fue enviado por el Señor para confrontar al rey. Con una parábola sobre un hombre rico que robó la única oveja de un pobre, Natán despertó la conciencia de David. «¡Tú eres ese hombre!», declaró el profeta. El corazón de David se quebrantó. Comprendió la magnitud de su pecado: no solo había pecado contra Urías y Betsabé, sino contra el mismo Dios que lo había ungido como rey.

David cayó de rodillas en su habitación privada. Las lágrimas corrían por su rostro como un río desbordado. Tomó un trozo de pergamino y comenzó a escribir, inspirado por el Espíritu Santo. Sus palabras se convirtieron en el Salmo 51, un clamor sincero de arrepentimiento.

«Ten piedad de mí, oh Dios, conforme a tu misericordia; conforme a la multitud de tus piedades, borra mis rebeliones», escribió. Sabía que no merecía el perdón, pero confiaba en la bondad y la compasión de Dios. «Lávame más y más de mi maldad, y límpiame de mi pecado». Reconoció que su pecado estaba siempre delante de él, como una mancha imborrable. «Contra ti, contra ti solo he pecado, y he hecho lo malo delante de tus ojos».

David entendía que el pecado no era solo un acto externo, sino una condición interna. «He aquí, en maldad he sido formado, y en pecado me concibió mi madre», confesó. Sabía que necesitaba una transformación profunda, un corazón nuevo. «Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, y renueva un espíritu recto dentro de mí». Su mayor temor era perder la presencia de Dios. «No me eches de delante de ti, y no quites de mí tu Santo Espíritu».

En su angustia, David recordó las promesas de Dios. Sabía que el Señor no despreciaba un corazón quebrantado y humillado. «Los sacrificios de Dios son el espíritu quebrantado; al corazón contrito y humillado no despreciarás tú, oh Dios». Prometió que, una vez restaurado, enseñaría a otros el camino de la justicia. «Entonces enseñaré a los transgresores tus caminos, y los pecadores se convertirán a ti».

Mientras escribía, David sintió un alivio gradual. Sabía que el perdón no dependía de sus méritos, sino de la gracia de Dios. «Líbrame de delitos de sangre, oh Dios, Dios de mi salvación; cantará mi lengua tu justicia». Su alma, antes abatida, comenzó a elevarse en alabanza. «Abre mis labios, Señor, y publicará mi boca tu alabanza».

Finalmente, David entregó su pecado y su arrepentimiento al Señor. Sabía que el sacrificio que Dios deseaba no era de animales, sino de un corazón sincero. «Los sacrificios de Dios son el espíritu quebrantado; al corazón contrito y humillado no despreciarás tú, oh Dios». Concluyó su salmo con una petición por la restauración de Sion, el lugar donde Dios habitaba entre su pueblo. «Haz bien con tu benevolencia a Sion; edifica los muros de Jerusalén».

Dios escuchó la oración de David. Aunque las consecuencias de su pecado seguirían presentes—el hijo concebido con Betsabé murió—, David fue perdonado. Su relación con el Señor fue restaurada, y su corazón se llenó de gratitud. A partir de ese día, David vivió con un profundo sentido de humildad y dependencia de Dios.

El Salmo 51 se convirtió en un testimonio eterno del poder del arrepentimiento y la misericordia de Dios. Generaciones futuras lo cantarían, recordando que, por grande que sea el pecado, mayor es la gracia de Aquel que perdona y restaura. Y así, el rey David, aunque cayó, se levantó como un ejemplo de lo que significa volver a Dios con un corazón sincero.

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