Biblia Sagrada

La Milagrosa Liberación de Pedro de la Prisión

**La Liberación Milagrosa de Pedro**

En aquellos días, el rey Herodes Agripa I, nieto de Herodes el Grande, comenzó a perseguir a la iglesia con gran furia. Movido por el deseo de agradar a los líderes judíos, ordenó la captura de algunos creyentes. Entre ellos, hizo arrestar a Santiago, el hermano de Juan, y lo mandó ejecutar con la espada. Al ver que esto complacía a los judíos, decidió también apresar a Pedro. Esto ocurrió durante la fiesta de los Panes sin Levadura, una celebración solemne para el pueblo de Israel.

Pedro fue capturado y encarcelado, custodiado por cuatro escuadrones de soldados. Herodes, temiendo que los creyentes intentaran rescatarlo, ordenó que lo vigilaran día y noche. Lo encadenaron con dos cadenas, una en cada mano, y lo colocaron entre dos guardias. Además, había centinelas apostados frente a la puerta de la prisión. Herodes estaba decidido a presentar a Pedro ante el pueblo después de la Pascua, probablemente con la intención de ejecutarlo también.

Mientras tanto, la iglesia no cesaba de orar fervientemente por Pedro. En las casas de los creyentes, en las sinagogas y en los lugares secretos donde se reunían, elevaban sus súplicas a Dios. Sabían que solo un milagro podría salvar a Pedro de la muerte segura que lo esperaba.

La noche antes de que Herodes lo llevara ante el pueblo, Pedro dormía profundamente en su celda, confiado en la protección divina. De repente, un ángel del Señor se apareció en la prisión, y una luz resplandeciente iluminó la oscuridad de la celda. El ángel tocó a Pedro en el costado para despertarlo y le dijo con voz firme: «¡Levántate rápidamente!». En ese instante, las cadenas que lo sujetaban cayeron de sus manos como si fueran hebras de hilo.

El ángel continuó: «Cíñete y átate las sandalias». Pedro obedeció sin dudar, aún aturdido por el sueño y la sorpresa. Luego, el ángel le dijo: «Ponte tu manto y sígueme». Pedro lo siguió, pensando que todo esto era un sueño o una visión. No podía creer que estuviera sucediendo en realidad.

Caminaron juntos, pasando por el primer y segundo puesto de guardia. Ninguno de los soldados los vio ni los escuchó. Era como si estuvieran ciegos y sordos ante la presencia del ángel. Llegaron a la puerta de hierro que conducía a la ciudad, y esta se abrió por sí sola, como si obedeciera una orden celestial. Salieron y caminaron por una calle, y de repente, el ángel desapareció.

Pedro, finalmente consciente de que no estaba soñando, exclamó: «¡Ahora entiendo que el Señor ha enviado a su ángel para librarme de las manos de Herodes y de todo lo que el pueblo judío esperaba que me sucediera!». Con el corazón lleno de gratitud y asombro, se dirigió rápidamente a la casa de María, la madre de Juan Marcos, donde muchos creyentes se habían reunido para orar.

Al llegar, llamó a la puerta. Una joven llamada Rode salió a atender, pero al reconocer la voz de Pedro, quedó tan emocionada que, en lugar de abrir la puerta, corrió adentro para anunciar que Pedro estaba afuera. Los creyentes, incrédulos, le dijeron: «¡Estás loca!». Pero ella insistía: «¡Es Pedro!». Ellos respondieron: «Debe ser su ángel». Mientras tanto, Pedro seguía llamando a la puerta con insistencia.

Finalmente, abrieron la puerta y lo vieron. Todos quedaron atónitos. Pedro les hizo señas con la mano para que guardaran silencio y les contó cómo el Señor lo había liberado de la cárcel. Les pidió que informaran a Santiago y a los demás hermanos, y luego partió hacia otro lugar, sabiendo que su liberación no significaba el fin de la persecución.

Al amanecer, hubo un gran alboroto entre los soldados. No podían encontrar a Pedro. Herodes, furioso, ordenó una búsqueda exhaustiva, pero fue en vano. Finalmente, mandó ejecutar a los guardias que habían estado a cargo de la custodia, cumpliendo así la ley romana que castigaba con la muerte a quienes permitían la fuga de un prisionero.

Este evento fue un poderoso recordatorio para la iglesia de que Dios tiene el control de todas las cosas. Aunque la persecución continuaba, los creyentes se fortalecían en su fe, sabiendo que el Señor estaba con ellos. La oración ferviente de la iglesia había sido respondida de una manera milagrosa, y el nombre de Dios fue glorificado.

Herodes, por su parte, no se arrepintió de sus acciones. Poco después, durante un discurso público en Cesarea, el pueblo lo aclamó como un dios. Herodes, en su orgullo, no dio gloria a Dios, y en ese mismo instante, un ángel del Señor lo hirió. Murió devorado por gusanos, cumpliéndose así la justicia divina.

Mientras tanto, la palabra de Dios seguía extendiéndose y multiplicándose. La iglesia, fortalecida por el poder del Espíritu Santo, continuaba su misión de proclamar el evangelio, a pesar de las adversidades. La liberación de Pedro no fue solo un acto de misericordia hacia él, sino también una señal para todos los creyentes de que Dios es fiel y poderoso para salvar a los suyos en los momentos más oscuros.

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