Biblia Sagrada

La Transfiguración y el Poder de la Fe Verdadera

**La Transfiguración y la Fe que Mueve Montañas**

Había llegado el tiempo en que Jesús, después de haber caminado por las polvorientas calles de Galilea y haber sanado a muchos, decidió llevar a sus discípulos más cercanos a un lugar apartado. Era un día claro, y el sol brillaba con fuerza sobre las colinas de Galilea. Jesús, con una mirada serena pero llena de propósito, llamó a Pedro, Santiago y Juan. «Venid conmigo», les dijo, y sin preguntar, ellos lo siguieron.

Caminaron por senderos estrechos, rodeados de olivos y arbustos silvestres, hasta llegar a una montaña alta. El aire era fresco, y el silencio solo se veía interrumpido por el canto de los pájaros y el susurro del viento. Jesús, con paso firme, comenzó a ascender, y sus discípulos, aunque cansados, lo seguían con devoción. Sabían que algo importante estaba por suceder.

Al llegar a la cima, Jesús se apartó un poco para orar. Pedro, Santiago y Juan se sentaron en una roca, observando a su Maestro. De repente, algo extraordinario ocurrió. El rostro de Jesús comenzó a brillar con una luz deslumbrante, como el sol en su máximo esplendor. Sus vestiduras se volvieron tan blancas que ningún lavandero en la tierra podría haberlas blanqueado de esa manera. Era una gloria celestial, una manifestación de la divinidad de Jesús que los dejó sin aliento.

En ese momento, aparecieron dos figuras junto a Jesús: Moisés y Elías. Moisés, el gran legislador que había guiado al pueblo de Israel fuera de Egipto, y Elías, el profeta que había sido arrebatado al cielo en un carro de fuego. Ambos estaban hablando con Jesús, y aunque los discípulos no podían escuchar claramente lo que decían, entendían que se trataba de algo trascendental, algo relacionado con la misión que Jesús estaba a punto de cumplir en Jerusalén.

Pedro, abrumado por la gloria del momento, exclamó: «Maestro, ¡qué bueno es que estemos aquí! Hagamos tres enramadas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías». No sabía bien lo que decía, pues el temor y la maravilla lo habían invadido por completo. Mientras hablaba, una nube luminosa los cubrió, y desde la nube se escuchó una voz poderosa: «Este es mi Hijo amado; a él oíd». Los discípulos cayeron rostro en tierra, llenos de temor.

Jesús se acercó a ellos, los tocó y les dijo: «Levantaos, no tengáis miedo». Cuando alzaron la vista, ya no vieron a nadie más que a Jesús. El momento de gloria había pasado, pero la impresión en sus corazones permanecería para siempre. Mientras descendían de la montaña, Jesús les ordenó que no contaran a nadie lo que habían visto hasta después de que él resucitara de entre los muertos. Ellos guardaron silencio, pero se preguntaban entre sí qué significaría eso de «resucitar de entre los muertos».

Al llegar al pie de la montaña, se encontraron con una multitud que los esperaba. Entre la gente había un hombre desesperado. Se acercó a Jesús y le dijo: «Maestro, te he traído a mi hijo, que tiene un espíritu mudo. Dondequiera que se apodera de él, lo derriba, y echa espumarajos, cruje los dientes y se queda rígido. Le pedí a tus discípulos que lo echasen fuera, pero no pudieron».

Jesús, con una mirada de compasión pero también de firmeza, respondió: «¡Oh generación incrédula! ¿Hasta cuándo he de estar con vosotros? ¿Hasta cuándo os he de soportar? Traédmelo». El hombre trajo a su hijo, y en ese momento, el espíritu maligno lo sacudió violentamente, haciendo que el muchacho cayera al suelo y se revolcara, echando espumarajos. Jesús, con autoridad, reprendió al espíritu inmundo y le dijo: «Espíritu mudo y sordo, yo te mando: Sal de él y no entres más en él». El espíritu salió con un grito, y el muchacho quedó tan quieto que muchos pensaron que estaba muerto. Pero Jesús lo tomó de la mano y lo levantó, y el muchacho se puso de pie, completamente sano.

Los discípulos, confundidos por su fracaso, se acercaron a Jesús en privado y le preguntaron: «¿Por qué nosotros no pudimos echarlo fuera?». Jesús les respondió: «Este género con nada puede salir, sino con oración y ayuno». Les enseñó que la fe verdadera, aunque fuera del tamaño de un grano de mostaza, podía mover montañas, pero que esa fe debía estar acompañada de una vida de dependencia de Dios, expresada en la oración y el ayuno.

Así, aquel día quedó marcado en la memoria de los discípulos. Habían visto la gloria de Jesús en la montaña, habían presenciado su poder sobre los espíritus malignos y habían recibido una lección profunda sobre la fe. Aunque no entendían completamente todo lo que estaba por venir, sabían que estaban siguiendo al Hijo de Dios, aquel a quien debían escuchar. Y así, con corazones llenos de asombro y reverencia, continuaron su camino, preparándose para lo que Jesús les tenía preparado.

LEAVE A RESPONSE

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *