Biblia Sagrada

La Victoria de Josué en las Aguas de Merom

**La Conquista del Norte: La Batalla de las Aguas de Merom**

En aquellos días, cuando Josué, siervo del Señor, había conquistado gran parte de la tierra prometida, llegaron noticias de que los reyes del norte se habían unido para enfrentarse a Israel. Estos reyes, temerosos del poder del Dios de Israel y de las victorias que Josué había obtenido en el sur, decidieron unir sus fuerzas para detener el avance del pueblo elegido.

El rey Jabín de Hazor, un hombre astuto y poderoso, fue quien tomó la iniciativa. Envió mensajeros a los reyes de Madón, Simrón, Acsaf y a los demás reinos de las montañas del norte, así como a los de los valles y las llanuras. También convocó a los cananeos del este y del oeste, a los amorreos, hititas, ferezeos y jebuseos que habitaban en las regiones montañosas. Incluso los heveos, que vivían al pie del monte Hermón, en la tierra de Mizpa, respondieron al llamado. Era una coalición formidable, un ejército tan numeroso como la arena a la orilla del mar, con caballos y carros de guerra en abundancia.

Cuando Josué recibió la noticia de esta alianza, su corazón no tembló, porque confiaba en la promesa que el Señor le había hecho: «Ningún hombre podrá hacerte frente en todos los días de tu vida; como estuve con Moisés, estaré contigo; no te dejaré ni te abandonaré» (Josué 1:5). Josué reunió a los ancianos y a los líderes de Israel, y juntos clamaron al Señor pidiendo dirección.

El Señor habló a Josué en una visión nocturna y le dijo: «No temas delante de ellos, porque mañana a esta hora yo entregaré a todos ellos muertos delante de Israel. Desjarretarás sus caballos y quemarás sus carros». Con estas palabras, Josué se llenó de valor y preparó a su ejército para la batalla.

Al amanecer, Josué y todo el pueblo de Israel partieron hacia las aguas de Merom, un lugar estratégico donde los reyes del norte habían acampado. El sol apenas comenzaba a iluminar las cumbres de las montañas cuando los israelitas llegaron al lugar. Desde lo alto de una colina, Josué observó el campamento enemigo. Los carros de guerra brillaban bajo los primeros rayos del sol, y los caballos relinchaban con impaciencia. Era un espectáculo imponente, pero Josué recordó las palabras del Señor y supo que la victoria estaba asegurada.

Con un grito de guerra que resonó en los valles, Josué y sus hombres descendieron sobre el campamento enemigo como un torrente. El Señor sembró el pánico entre las filas de los reyes del norte. Los caballos, enloquecidos, corrían sin rumbo, y los carros de guerra chocaban entre sí. Los soldados, confundidos y aterrorizados, intentaban huir, pero no había escapatoria. Josué y sus hombres avanzaron con furia santa, cumpliendo las órdenes del Señor: no dejaron con vida a ninguno de sus enemigos.

Después de la batalla, Josué ordenó que se desjarretaran los caballos y se quemaran los carros de guerra, tal como el Señor le había mandado. Esto simbolizaba que la victoria no dependía de la fuerza humana ni de los recursos materiales, sino del poder de Dios. Luego, Josué se dirigió a Hazor, la ciudad más importante de la coalición enemiga. La tomó y mató a su rey, Jabín, con la espada. Después, prendió fuego a la ciudad, reduciéndola a cenizas. Las demás ciudades de la coalición también fueron destruidas, y sus reyes fueron ejecutados.

Sin embargo, Josué no quemó todas las ciudades. Algunas, como las que estaban sobre colinas, fueron dejadas en pie, pero sus habitantes fueron exterminados. Esto cumplía el mandato del Señor de no dejar nada que pudiera llevar a Israel a la idolatría. Así, Josué conquistó toda la tierra: las montañas, el Neguev, los llanos y las colinas. No hubo ciudad que hiciera paz con los israelitas, excepto los heveos que habitaban en Gabaón. Todo lo hicieron por mandato del Señor, quien endureció el corazón de los cananeos para que se enfrentaran a Israel y fueran destruidos.

Después de estas victorias, Josué repartió la tierra entre las tribus de Israel, tal como el Señor había prometido a Moisés. Y hubo paz en la tierra por un tiempo, porque el pueblo de Israel había obedecido fielmente las órdenes de su Dios.

Así se cumplió la palabra del Señor, que había dicho: «Yo entregaré a todos estos pueblos en tus manos, y ninguno de ellos podrá hacerte frente». Y Josué, lleno de años y de honra, recordó siempre que la verdadera fuerza no estaba en los ejércitos ni en las armas, sino en la fidelidad al Dios de Israel.

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