Biblia Sagrada

El Regreso de los Exiliados: La Fe y Protección de Esdras

**El Regreso de los Exiliados: La Historia de Esdras 8**

El sol comenzaba a elevarse sobre las colinas de Babilonia, iluminando con su luz dorada las calles de la ciudad donde muchos judíos habían vivido en exilio por décadas. Era un día de gran expectativa, un día que marcaría el inicio de un viaje sagrado. Esdras, el escriba y líder espiritual, se encontraba de pie frente a un grupo de hombres, mujeres y niños que habían respondido al llamado de regresar a Jerusalén. Este no era un viaje cualquiera; era un peregrinaje hacia la restauración de la fe y la reconstrucción del templo de Dios.

Esdras, un hombre de profunda sabiduría y devoción, había sido comisionado por el rey Artajerjes de Persia para llevar consigo a los exiliados y los tesoros que serían entregados para el servicio del templo. El rey, movido por la mano de Dios, había concedido generosamente oro, plata y otros bienes para honrar al Dios de Israel. Sin embargo, Esdras sabía que este viaje no estaría exento de peligros. Bandidos y ladrones acechaban en los caminos, y la travesía a través de desiertos y montañas sería ardua. Pero su confianza no estaba puesta en la fuerza humana, sino en la protección del Señor.

Antes de partir, Esdras reunió a los líderes de las familias y les dijo: «Hermanos, este es un momento crucial para nuestro pueblo. Debemos purificarnos y buscar el rostro de Dios antes de emprender este camino. Él nos ha llamado a regresar a la tierra de nuestros padres, y debemos hacerlo con integridad y fe». Los hombres asintieron solemnemente, comprendiendo la importancia de su misión.

Esdras revisó cuidadosamente la lista de los que partirían con él. Eran hombres valientes, líderes de sus familias, y entre ellos se encontraban sacerdotes, levitas y servidores del templo. Sin embargo, al revisar la lista, notó con preocupación que no había levitas entre los que se habían ofrecido para el viaje. Esto era un problema, ya que los levitas eran esenciales para el servicio en el templo. Esdras decidió enviar a un grupo de hombres sabios y respetados a buscar levitas entre los exiliados que aún permanecían en Babilonia.

Después de varios días, los mensajeros regresaron con buenas noticias. Habían encontrado a cuarenta levitas y doscientos veinte servidores del templo que estaban dispuestos a unirse a la caravana. Esdras dio gracias a Dios por esta provisión, sabiendo que sin ellos, el servicio en el templo no podría ser restaurado adecuadamente.

Finalmente, llegó el día de la partida. La caravana se reunió a las afueras de la ciudad, donde el río Ahava fluía tranquilamente. Esdras llamó a todos a un tiempo de ayuno y oración. «Hermanos», dijo con voz firme, «debemos humillarnos ante nuestro Dios y pedirle que nos guíe y nos proteja en este viaje. No queremos pedir al rey una escolta militar, porque hemos declarado que nuestro Dios es fiel y poderoso para guardarnos». Los exiliados se arrodillaron junto al río, clamando a Dios por su favor y protección.

El ayuno duró tres días, durante los cuales el pueblo se purificó y se preparó espiritualmente para el viaje. Al cuarto día, la caravana partió. Los carros y animales de carga estaban llenos de los tesoros que el rey había donado: vasijas de oro y plata, utensilios sagrados y ofrendas para el templo. Esdras confió estos tesoros a doce de los principales sacerdotes y levitas, diciéndoles: «Ustedes son santos para el Señor, y estos objetos también son santos. Guárdenlos con cuidado hasta que lleguemos a Jerusalén y los presentemos en la casa de nuestro Dios».

El viaje fue largo y agotador. Atravesaron desiertos áridos donde el sol abrasador golpeaba sin piedad, y montañas escarpadas donde el viento frío cortaba como cuchillo. Pero en cada paso del camino, Esdras recordaba al pueblo las promesas de Dios. «Él es nuestro escudo y nuestro refugio», les decía. «No teman, porque el Señor está con nosotros».

Milagrosamente, la caravana no fue atacada ni robada durante todo el viaje. Esdras sabía que esto no era coincidencia, sino la mano protectora de Dios. Finalmente, después de varios meses de viaje, llegaron a las puertas de Jerusalén. La ciudad, aunque aún en proceso de reconstrucción, les recibió con alegría. Los habitantes de Jerusalén salieron a recibirlos, dando gracias a Dios por su regreso seguro.

Esdras y los líderes presentaron los tesoros en el templo, donde fueron contados y entregados a los sacerdotes. Todo estaba en orden, tal como lo había dispuesto el rey Artajerjes. El pueblo ofreció sacrificios de gratitud a Dios, reconociendo su fidelidad y bondad.

Esdras se arrodilló frente al altar y oró: «Señor, Dios de nuestros padres, tú eres grande y poderoso. Nos has traído de regreso a esta tierra y nos has protegido en cada paso del camino. Te damos gracias por tu misericordia y te pedimos que continúes guiándonos mientras reconstruimos tu casa y restauramos nuestra fe».

El regreso de los exiliados marcó un nuevo comienzo para el pueblo de Israel. A través de la obediencia y la fe de Esdras, Dios demostró una vez más que Él es fiel a sus promesas. Y así, en medio de las ruinas de Jerusalén, comenzó a florecer la esperanza de un futuro glorioso, donde el nombre de Dios sería exaltado para siempre.

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