Biblia Sagrada

El Juicio Divino: La Profecía de Amós contra las Naciones

**La Profecía de Amós contra las Naciones**

En los días en que Uzías reinaba en Judá y Jeroboam, hijo de Joás, gobernaba en Israel, la palabra del Señor vino a un hombre llamado Amós, pastor de ovejas en Tecoa. Amós no era un profeta de linaje ni un hombre entrenado en las escuelas de los profetas, pero el Señor lo llamó desde los campos para llevar un mensaje de juicio y justicia a las naciones.

Era una época en que las naciones vecinas de Israel y Judá prosperaban, pero su prosperidad estaba manchada por la crueldad, la opresión y el pecado. El Señor, en su santidad, no podía permanecer indiferente ante tanta maldad. Por eso, Amós fue enviado a proclamar el juicio divino sobre los pueblos que habían olvidado la misericordia y la justicia.

Amós se levantó en medio del pueblo y comenzó a declarar las palabras que el Señor le había dado. Su voz resonó con autoridad, como el rugido de un león en el desierto, anunciando lo que el Señor había revelado:

—¡El Señor ruge desde Sion! ¡Desde Jerusalén hace oír su voz! Los pastizales de los pastores se secarán, y la cumbre del Carmelo se marchitará.

El pueblo escuchaba con temor, pues sabían que las palabras de Amós no eran simples advertencias, sino el anuncio del juicio divino. Amós continuó:

—Así dice el Señor: Por tres pecados de Damasco, y por el cuarto, no revocaré su castigo. Porque trillaron a Galaad con trillos de hierro. Por eso, enviaré fuego sobre la casa de Hazael, y consumirá las fortalezas de Ben-adad. Quebraré el cerrojo de Damasco, y exterminaré a los habitantes del valle de Avén y al que empuña el cetro de Bet-edén. El pueblo de Siria será llevado cautivo a Quir —dice el Señor.

El profeta hablaba con tal claridad que parecía ver las llamas devorando las ciudades y los ejércitos enemigos arrasando las fortalezas. Damasco, la orgullosa capital de Siria, caería bajo el juicio de Dios por su crueldad hacia Galaad, donde habían pisoteado a los indefensos como si fueran grano en una era.

Luego, Amós volvió su mirada hacia Gaza, una de las ciudades principales de los filisteos, y declaró:

—Así dice el Señor: Por tres pecados de Gaza, y por el cuarto, no revocaré su castigo. Porque se llevaron cautivos a pueblos enteros para entregarlos a Edom. Por eso, enviaré fuego sobre los muros de Gaza, y consumirá sus fortalezas. Exterminaré a los habitantes de Asdod y al que empuña el cetro de Ascalón. Volveré mi mano contra Ecrón, y el remanente de los filisteos perecerá —dice el Señor.

Los filisteos, conocidos por su ferocidad y su desprecio por el pueblo de Dios, serían castigados por su tráfico de personas y su alianza con Edom, el enemigo tradicional de Israel. El fuego del juicio divino no dejaría piedra sobre piedra en sus ciudades.

Amós no se detuvo allí. Su voz se elevó nuevamente, esta vez dirigida hacia Tiro, la ciudad fenicia famosa por su comercio y su riqueza:

—Así dice el Señor: Por tres pecados de Tiro, y por el cuarto, no revocaré su castigo. Porque entregaron a pueblos enteros a Edom y no recordaron el pacto de hermanos. Por eso, enviaré fuego sobre los muros de Tiro, y consumirá sus fortalezas.

Tiro, que había sido aliada de Israel en tiempos de David y Salomón, había traicionado su pacto y participado en la venta de esclavos. Su riqueza y su poder no la salvarían del juicio de Dios.

El profeta continuó su mensaje, esta vez dirigiéndose a Edom, el pueblo descendiente de Esaú, que había mantenido una enemistad perpetua con Israel:

—Así dice el Señor: Por tres pecados de Edom, y por el cuarto, no revocaré su castigo. Porque persiguió a su hermano con espada, ahogando toda compasión. Su furor ardió sin cesar, y mantuvo su ira para siempre. Por eso, enviaré fuego sobre Temán, y consumirá las fortalezas de Bosra.

Edom, que había aprovechado cada oportunidad para atacar a Israel, sería castigado por su falta de misericordia y su odio implacable. Las ciudades de Temán y Bosra, símbolos de su poder, serían reducidas a cenizas.

Finalmente, Amós se dirigió a los amonitas, un pueblo que había cometido atrocidades contra los habitantes de Galaad:

—Así dice el Señor: Por tres pecados de los amonitas, y por el cuarto, no revocaré su castigo. Porque abrieron el vientre de las mujeres embarazadas de Galaad para extender sus fronteras. Por eso, encenderé fuego sobre los muros de Rabá, y consumirá sus fortalezas. Habrá clamor en el día de la batalla y tempestad en el día del torbellino. Su rey irá al cautiverio, junto con sus príncipes —dice el Señor.

Los amonitas, que habían cometido actos de extrema crueldad contra los indefensos, enfrentarían el juicio de Dios. Su capital, Rabá, sería destruida, y su rey sería llevado cautivo.

El mensaje de Amós era claro: el Señor, el Dios de Israel, es un Dios de justicia. No permitirá que la maldad quede impune. Las naciones que oprimen a los débiles, trafican con personas y rompen los pactos serán juzgadas. El fuego del juicio divino caería sobre ellas, y nadie podría escapar de la mano del Señor.

Amós terminó su proclamación, y el pueblo quedó en silencio, reflexionando sobre las palabras del profeta. Sabían que el juicio de Dios no era algo lejano, sino una realidad que se acercaba rápidamente. Y aunque el mensaje era duro, también contenía una advertencia: el Señor llama al arrepentimiento, porque su deseo no es la destrucción, sino la restauración.

Así comenzó el ministerio de Amós, el pastor convertido en profeta, cuya voz resonaría a través de los siglos como un recordatorio de que el Dios de Israel es santo, justo y misericordioso.

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