**La Historia de Jacob y la Bendición de Isaac**
En los días de antaño, cuando los patriarcas caminaban por la tierra prometida, Isaac, el hijo de Abraham, había envejecido y sus ojos se habían debilitado tanto que ya no podía ver. Un día, llamó a su hijo mayor, Esaú, quien era un hombre robusto y diestro en la caza. Isaac le dijo: «Hijo mío, he aquí que soy viejo y no sé el día de mi muerte. Toma, pues, tus armas, tu aljaba y tu arco, y sal al campo a cazar para mí. Prepárame un guiso sabroso, como a mí me gusta, y tráemelo para que coma y te bendiga antes de que muera».
Esaú, siempre dispuesto a complacer a su padre, salió de inmediato al campo para cazar y traer lo que su padre le había pedido. Sin embargo, Rebeca, la madre de Jacob y Esaú, escuchó la conversación entre Isaac y Esaú. Rebeca amaba profundamente a Jacob, su hijo menor, y recordaba las palabras que Dios le había dicho cuando los gemelos estaban en su vientre: «El mayor servirá al menor». Por eso, decidió actuar para asegurarse de que Jacob recibiera la bendición que, en su corazón, sabía que le correspondía.
Rebeca llamó a Jacob y le dijo: «He oído a tu padre hablar con tu hermano Esaú, diciéndole que le traiga una caza y le prepare un guiso para recibir la bendición antes de morir. Ahora, hijo mío, obedéceme en lo que te voy a mandar. Ve al rebaño y tráeme dos cabritos tiernos y buenos, y yo prepararé un guiso sabroso para tu padre, como a él le gusta. Luego lo llevarás a tu padre para que coma y te bendiga antes de morir».
Jacob, aunque temeroso, respondió a su madre: «Mira, mi hermano Esaú es hombre velludo, y yo soy lampiño. Quizás mi padre me toque, y me considere como un engañador, y traiga sobre mí maldición y no bendición». Pero Rebeca, firme en su decisión, le dijo: «Hijo mío, que la maldición caiga sobre mí. Solo obedece lo que te digo y ve a traer los cabritos».
Jacob hizo lo que su madre le ordenó. Fue al rebaño, seleccionó dos cabritos tiernos y se los llevó a Rebeca. Ella los preparó con esmero, sazonándolos con hierbas aromáticas y especias, hasta que el aroma del guiso llenó la casa. Luego, Rebeca tomó las mejores vestiduras de Esaú, que estaban guardadas en la casa, y vistió a Jacob con ellas. Para cubrir su piel lampiña, tomó pieles de los cabritos y las colocó sobre las manos y el cuello de Jacob. Finalmente, le entregó el guiso y el pan que había preparado.
Jacob entró en la habitación de su padre con el corazón palpitante. «Padre mío», dijo con voz temblorosa. Isaac, que yacía en su cama, respondió: «Heme aquí; ¿quién eres, hijo mío?».
Jacob, tratando de disimular su voz, respondió: «Yo soy Esaú, tu primogénito. He hecho como me dijiste. Levántate, siéntate y come de mi caza, para que me bendigas».
Isaac, sorprendido, preguntó: «¿Cómo es que la hallaste tan pronto, hijo mío?». Jacob, siguiendo el plan de su madre, respondió: «Porque el Señor tu Dios hizo que la encontrara delante de mí».
Isaac, aún dudoso, le dijo: «Acércate, hijo mío, para que te toque y sepa si eres mi hijo Esaú o no». Jacob se acercó a su padre, y este tocó sus manos cubiertas con las pieles de los cabritos. «La voz es la voz de Jacob, pero las manos son las manos de Esaú», murmuró Isaac. Finalmente, decidió creer que era Esaú y le dijo: «¿Eres tú mi hijo Esaú?». Jacob respondió: «Yo soy».
Entonces Isaac comió del guiso y bebió del vino que Jacob le había traído. Después de saciar su apetito, Isaac dijo: «Acércate ahora, hijo mío, y bésame». Jacob se inclinó y besó a su padre. Al hacerlo, Isaac olió el aroma de las vestiduras de Esaú, que Jacob llevaba puestas, y exclamó: «He aquí, el olor de mi hijo es como el olor del campo que el Señor ha bendecido».
Luego, Isaac pronunció la bendición sobre Jacob, diciendo: «Que Dios te dé del rocío del cielo y de la grosura de la tierra, y abundancia de trigo y de mosto. Sírvante pueblos, y póstrense ante ti naciones. Sé señor de tus hermanos, e inclínense ante ti los hijos de tu madre. Malditos los que te maldijeren, y benditos los que te bendijeren».
Tan pronto como Isaac terminó de bendecir a Jacob, este salió de la habitación. Poco después, Esaú regresó de la caza y preparó un guiso para su padre. Lo llevó a Isaac y le dijo: «Levántate, padre mío, y come de la caza de tu hijo, para que me bendigas».
Isaac, confundido, preguntó: «¿Quién eres?». Esaú respondió: «Yo soy tu hijo, tu primogénito, Esaú». Al oír esto, Isaac se estremeció profundamente y exclamó: «¿Quién era, pues, el que cazó y me trajo comida? Yo lo he bendecido, y bendito será».
Esaú, al darse cuenta de lo que había sucedido, gritó con amargura: «¡Bendíceme también a mí, padre mío!». Pero Isaac respondió: «Tu hermano vino con engaño y tomó tu bendición». Esaú lloró y suplicó: «¿No has reservado una bendición para mí, padre?». Isaac, con tristeza, le dijo: «He aquí, lo he puesto por señor tuyo, y le he dado por siervos a todos sus hermanos; de trigo y de mosto lo he provisto. ¿Qué, pues, haré por ti, hijo mío?».
Esaú, lleno de ira, juró en su corazón que mataría a Jacob después de la muerte de su padre. Pero Rebeca, al enterarse de las intenciones de Esaú, llamó a Jacob y le dijo: «Huye a la casa de mi hermano Labán, en Harán, y quédate con él por algún tiempo, hasta que el furor de tu hermano se aplaque».
Así, Jacob partió hacia Harán, llevando consigo la bendición de su padre, aunque obtenida mediante engaño. Y aunque el camino de Jacob no estaba exento de dificultades, Dios lo guiaría y cumpliría Sus propósitos a través de él, mostrando una vez más que Sus planes son más altos que los planes de los hombres, y que Él obra incluso a través de las imperfecciones humanas para cumplir Su voluntad.