Biblia Sagrada

La Plaga del Ganado y las Úlceras en Egipto: Éxodo 9

**La Plaga sobre el Ganado y la Úlceras: Éxodo 9**

El sol comenzaba a elevarse sobre el horizonte de Egipto, iluminando las vastas tierras del Nilo con un resplandor dorado. El aire estaba cargado de tensión, como si la creación misma supiera que algo trascendental estaba por ocurrir. Moisés y Aarón, enviados por el Dios de Israel, se dirigían una vez más al palacio del faraón. Las calles de Menfis estaban llenas de vida: mercaderes proclamaban sus productos, niños corrían entre las multitudes, y los soldados egipcios vigilaban con miradas severas. Pero detrás de esa aparente normalidad, el corazón de Egipto latía con temor. Las plagas anteriores habían dejado su marca: el Nilo convertido en sangre, las ranas invadiendo cada rincón, y los piojos infestando a hombres y bestias. Sin embargo, el faraón seguía endureciendo su corazón, negándose a liberar al pueblo de Israel.

Moisés, con su túnica sencilla pero imponente, y Aarón, a su lado, avanzaron con determinación hacia las puertas del palacio. Los guardias, aunque renuentes, los dejaron pasar. Sabían que estos hombres no eran simples siervos; eran portavoces de un poder superior. Al entrar en la sala del trono, el faraón los recibió con una mirada fría y desafiante. Sentado en su trono de oro y marfil, rodeado de sus consejeros y sacerdotes, el gobernante de Egipto parecía inmutable. Pero Moisés no se intimidó. Con voz firme y clara, pronunció las palabras que Yahvé le había ordenado decir:

—Así dice el Señor, el Dios de los hebreos: «Deja ir a mi pueblo para que me sirva. Porque si te niegas a dejarlos ir y los sigues reteniendo, la mano del Señor traerá una terrible plaga sobre tu ganado que está en el campo: sobre los caballos, los asnos, los camellos, las vacas y las ovejas. Habrá una gran mortandad». Pero el Señor hará distinción entre el ganado de Israel y el de Egipto, de modo que nada de lo que pertenece a los israelitas morirá.

El faraón escuchó en silencio, sus ojos brillando con una mezcla de ira y desprecio. No respondió de inmediato, pero su silencio era una respuesta en sí misma. Moisés y Aarón salieron del palacio, sabiendo que las palabras de Yahvé no caerían en oídos sordos. Al día siguiente, la plaga cayó sobre Egipto como un juicio divino. El ganado egipcio comenzó a enfermarse y a morir en masa. Los campos, antes llenos de vida, se convirtieron en lugares de desolación. Los caballos, orgullo de los carros de guerra del faraón, caían sin vida. Las vacas, que proporcionaban leche y carne, yacían muertas en los establos. Los pastores egipcios lloraban desconsolados, mientras que los israelitas, en la tierra de Gosén, veían cómo su ganado permanecía sano y fuerte. La distinción era clara: Yahvé protegía a su pueblo.

El faraón, al enterarse de lo ocurrido, envió mensajeros para verificar si el ganado de los israelitas había sido afectado. Cuando le confirmaron que no había sufrido daño alguno, su corazón se endureció aún más. No estaba dispuesto a ceder. Pero Yahvé no había terminado. Moisés recibió una nueva instrucción: debía tomar un puñado de hollín de un horno y arrojarlo hacia el cielo en presencia del faraón. Este acto simbólico desencadenaría una nueva plaga, una que afectaría directamente a los egipcios.

Moisés y Aarón regresaron al palacio. Esta vez, el faraón los recibió con una mezcla de curiosidad y desdén. Moisés, sin mediar palabra, tomó el hollín y lo arrojó hacia el cielo. En ese momento, una nube oscura pareció extenderse sobre Egipto. No era una nube de lluvia, sino de juicio. Pronto, los egipcios comenzaron a quejarse de dolor. Úlceras y llagas purulentas brotaron en sus cuerpos, afectando tanto a los siervos como a los nobles, a los animales y a los hombres. Los sacerdotes de Egipto, que antes habían intentado imitar los milagros de Moisés, ahora eran incapaces de hacer frente a esta plaga. Ellos mismos estaban cubiertos de llagas, y sus dioses no podían salvarlos.

El faraón, aunque afectado, seguía resistiéndose. Sus consejeros le suplicaban que cediera, pero él se negaba. La soberbia y el poder lo habían cegado. Mientras tanto, en Gosén, el pueblo de Israel permanecía ileso. Las úlceras no los tocaron, y su fe en Yahvé se fortalecía con cada plaga. Moisés, al ver la obstinación del faraón, sabía que el juicio de Dios no había terminado. Pero también sabía que cada plaga era una oportunidad para que Egipto reconociera al verdadero Dios.

La tierra de Egipto gemía bajo el peso del juicio divino. Los egipcios, antes orgullosos de su poder y riqueza, ahora clamaban por alivio. Pero el faraón, en su terquedad, seguía siendo un obstáculo para la liberación de Israel. Moisés, guiado por la mano de Yahvé, se preparaba para lo que vendría después. El Dios de Israel no se detendría hasta que su pueblo fuera libre. Y cada plaga, cada juicio, era un recordatorio de que solo Él es digno de adoración y obediencia.

Así, en medio del dolor y la desolación, la historia de la liberación de Israel continuaba escribiéndose, mostrando el poder, la justicia y la misericordia de un Dios que no abandona a los suyos.

LEAVE A RESPONSE

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *