Biblia Sagrada

La Santidad de las Ofrendas: Historia de Levítico 22

**La Santidad de las Ofrendas: Una Historia Basada en Levítico 22**

En los días antiguos, cuando el pueblo de Israel acampaba al pie del monte Sinaí, Dios había establecido leyes y mandamientos para guiar a Su pueblo en la santidad. Entre estas leyes, había instrucciones específicas para los sacerdotes, los hijos de Aarón, quienes habían sido consagrados para servir en el tabernáculo y ofrecer sacrificios al Señor. Era un tiempo en el que la santidad no era tomada a la ligera, y cada detalle del culto a Dios reflejaba Su perfección y pureza.

Una mañana, mientras el sol comenzaba a iluminar las tiendas del campamento, el sumo sacerdote Aarón se reunió con sus hijos, Eleazar e Itamar, para recordarles las palabras que el Señor había dado a Moisés. «Hijos míos», comenzó Aarón con voz solemne, «el Señor nos ha llamado a ser santos, porque Él es santo. Debemos cuidar las cosas sagradas que Él nos ha confiado, especialmente las ofrendas que el pueblo trae para expiar sus pecados y adorar a Dios».

Eleazar, el mayor de los hijos de Aarón, asintió con reverencia. «Padre, sabemos que no debemos profanar las ofrendas sagradas. El Señor ha sido claro en Sus mandamientos». Itamar, más joven pero igualmente devoto, añadió: «Sí, debemos asegurarnos de que todo lo que ofrezcamos sea sin mancha, como Él lo ha ordenado».

Aarón sonrió con orgullo al ver la devoción de sus hijos, pero sabía que la tentación de la complacencia siempre estaba cerca. «Recuerden», continuó, «que si alguno de nosotros, siendo impuro, se acerca a las ofrendas sagradas, estará profanando lo que es santo. Debemos examinar nuestras vidas constantemente, asegurándonos de que estamos limpios ante los ojos de Dios».

Mientras hablaban, un grupo de israelitas se acercó al tabernáculo trayendo ofrendas. Entre ellos estaba un hombre llamado Eliab, quien llevaba un cordero robusto y sin defecto. Eliab había pasado días seleccionando el mejor animal de su rebaño, sabiendo que solo lo mejor era digno de ser ofrecido al Señor. Al verlo, Eleazar se acercó para inspeccionar la ofrenda.

«Este cordero es aceptable», dijo Eleazar con aprobación. «El Señor se complacerá en tu ofrenda, Eliab». El hombre sonrió aliviado, agradecido de que su sacrificio fuera aceptado.

Sin embargo, no todos los que se acercaban al tabernáculo eran tan cuidadosos. Poco después, un hombre llamado Zimri llegó con una cabra coja y de pelaje opaco. Itamar, al ver la ofrenda, frunció el ceño. «Zimri», dijo con firmeza pero sin dureza, «esta cabra no es aceptable. El Señor ha dicho que las ofrendas deben ser sin defecto. No podemos ofrecerle algo que no sea digno de Su santidad».

Zimri bajó la mirada, avergonzado. «Lo siento, Itamar. No tenía otro animal en mi rebaño. Pensé que tal vez el Señor lo aceptaría de todos modos». Itamar colocó una mano en el hombro de Zimri. «El Señor no busca lo que te sobra, sino lo mejor de lo que tienes. Vuelve a tu casa y busca una ofrenda que sea digna de Él».

Zimri asintió y se retiró, decidido a hacer las cosas bien. Mientras tanto, dentro del tabernáculo, Aarón y sus hijos continuaban con su labor sagrada. Encendieron el fuego del altar y colocaron las ofrendas sobre él, recordando siempre las palabras del Señor: «Ningún hombre de la descendencia de Aarón que tenga alguna impureza se acercará a ofrecer las ofrendas encendidas para el Señor».

Un día, sin embargo, la prueba de su fidelidad llegó de manera inesperada. Uno de los sacerdotes más jóvenes, un nieto de Aarón llamado Nadab, había estado enfermo y, aunque se sentía mejor, aún no se había purificado completamente según la ley. A pesar de ello, Nadab decidió unirse a sus hermanos en el servicio del tabernáculo. «Estoy bien», insistió cuando Eleazar le preguntó si estaba limpio. «No quiero quedarme atrás».

Eleazar, recordando las advertencias de su padre, dudó. «Nadab, si no estás completamente purificado, no debes acercarte a las ofrendas. Es una violación de la santidad de Dios». Pero Nadab, impaciente y quizás un poco orgulloso, ignoró la advertencia y procedió a ayudar en el altar.

Esa noche, mientras el campamento dormía, Aarón tuvo un sueño. En él, el Señor le habló con voz clara: «Aarón, he visto la desobediencia de Nadab. Él ha profanado lo santo al acercarse a las ofrendas en impureza. Dile que se purifique y no vuelva a hacerlo, o enfrentará las consecuencias».

Al despertar, Aarón llamó a Nadab y le reprendió con tristeza. «Hijo mío, el Señor no tolera la desobediencia. Debes purificarte y no volver a profanar Su santidad». Nadab, arrepentido, obedeció y se sometió a los ritos de purificación, prometiendo no volver a descuidar las leyes de Dios.

Desde ese día, Aarón y sus hijos fueron aún más cuidadosos en su servicio. Recordaban constantemente que su llamado era santo, y que solo a través de la obediencia y la pureza podían honrar al Dios que los había redimido y apartado para Sí mismo.

Y así, el pueblo de Israel continuó su jornada en el desierto, aprendiendo que la santidad no era solo un conjunto de reglas, sino un reflejo del carácter de Dios. Cada ofrenda, cada sacrificio, era un recordatorio de que Él es santo, y que Su pueblo debe ser santo también.

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