Biblia Sagrada

Las Hijas de Zelofehad: Fe y Justicia en la Tierra Prometida

**La Historia de las Hijas de Zelofehad: Un Legado de Justicia y Fe**

En los vastos desiertos de Moab, bajo un cielo que parecía extenderse infinitamente, el pueblo de Israel acampaba cerca del Jordán, a las puertas de la Tierra Prometida. Moisés, el siervo fiel de Dios, había guiado a esta nación a través de pruebas, rebeliones y milagros. Ahora, mientras el sol caía sobre las tiendas de campaña, una situación inesperada surgió, una que pondría a prueba la justicia divina y la fe de un grupo de mujeres valientes.

Zelofehad, un hombre de la tribu de Manasés, había muerto en el desierto. No había dejado hijos varones, solo cinco hijas: Majlá, Noa, Joglá, Milca y Tirsa. Estas mujeres, criadas en la fe de sus padres y en las promesas de Dios, se encontraban en una encrucijada. Según las costumbres de la época, la herencia de la tierra pasaba de padre a hijo, y sin un heredero varón, el nombre y la herencia de su familia corrían el riesgo de perderse. Pero estas mujeres no eran como las demás. Habían crecido escuchando las historias de cómo Dios había liberado a su pueblo de Egipto, cómo había abierto el Mar Rojo y cómo había provisto maná en el desierto. Sabían que el Dios de Israel era un Dios de justicia y misericordia.

Un día, mientras el sol comenzaba a elevarse sobre el campamento, las cinco hermanas se reunieron en la tienda de Majlá, la mayor. Con determinación en sus rostros y fe en sus corazones, decidieron llevar su caso ante Moisés y los líderes de Israel. Se vistieron con modestia, pero con dignidad, y caminaron hacia el Tabernáculo de Reunión, donde Moisés solía escuchar las peticiones del pueblo.

El aire estaba cargado de solemnidad cuando se acercaron al lugar sagrado. Los levitas, encargados de custodiar el Tabernáculo, las miraron con curiosidad, pero no las detuvieron. Las hermanas se detuvieron frente a la entrada, y Majlá, con voz firme pero respetuosa, pidió audiencia con Moisés. Pronto, el gran líder de Israel, con su rostro iluminado por la presencia de Dios, salió a recibirlas.

—¿Qué deseáis, hijas de Israel? —preguntó Moisés, con una mezcla de curiosidad y compasión en su voz.

Majlá, representando a sus hermanas, respondió:
—Nuestro padre murió en el desierto. Él no estuvo entre los que se rebelaron contra el Señor, como lo hicieron los seguidores de Coré, sino que murió por su propio pecado, como todos los hombres. Pero no dejó hijos varones. ¿Por qué ha de perderse el nombre de nuestro padre de entre su familia, por no haber tenido un hijo? Danos una heredad entre los hermanos de nuestro padre.

Moisés escuchó atentamente, impresionado por la valentía y la fe de estas mujeres. Sabía que este no era un asunto trivial. La herencia de la tierra era un tema central en la promesa de Dios a Israel. Pero la ley no contemplaba un caso como este. Moisés, humilde y sabio, decidió llevar el asunto ante el Señor.

—Esperad aquí —les dijo—. Consultaré al Señor acerca de vuestra petición.

Las hermanas asintieron con respeto y esperaron en silencio, mientras Moisés entró en el Tabernáculo. Allí, en la presencia santa de Dios, Moisés presentó el caso de las hijas de Zelofehad. El Señor, en su infinita sabiduría y justicia, respondió a Moisés:

—Las hijas de Zelofehad tienen razón. Debes darles una heredad entre los hermanos de su padre. Transfiéreles la herencia de su padre. Y establece esta ley para Israel: Si un hombre muere sin dejar hijo varón, su herencia pasará a sus hijas. Si no tiene hijas, la herencia pasará a sus hermanos. Si no tiene hermanos, la herencia pasará a los hermanos de su padre. Y si su padre no tiene hermanos, la herencia pasará al pariente más cercano de su clan.

Moisés salió del Tabernáculo con el rostro radiante, no solo por la respuesta de Dios, sino por la justicia que se había manifestado. Se dirigió a las hijas de Zelofehad y les comunicó la decisión del Señor. Las hermanas, con lágrimas de gratitud en los ojos, se postraron ante Moisés y alabaron a Dios por su fidelidad.

—El Señor es justo —dijo Noa, la segunda hermana—. Él no olvida a los que confían en Él.

—Nuestro padre no será olvidado —añadió Joglá—. Su nombre vivirá en la tierra que Dios nos ha dado.

Moisés, con solemnidad, convocó a los líderes de Israel y les comunicó la nueva ley establecida por Dios. El pueblo escuchó con atención, reconociendo la sabiduría y la justicia divinas. Las hijas de Zelofehad se convirtieron en un ejemplo de fe y valentía, recordando a todos que Dios escucha las súplicas de los humildes y defiende a los que confían en Él.

Años más tarde, cuando las tribus de Israel cruzaron el Jordán y tomaron posesión de la Tierra Prometida, las hijas de Zelofehad recibieron su heredad en la tierra de Manasés. Su historia se transmitió de generación en generación, como un testimonio de que Dios es fiel a sus promesas y que su justicia prevalece para aquellos que buscan su rostro con integridad y fe.

Y así, en los anales de Israel, las hijas de Zelofehad quedaron inscritas no solo como receptoras de una herencia terrenal, sino como portadoras de un legado eterno: la certeza de que el Dios de Israel es un Dios que escucha, que actúa y que cumple sus promesas para siempre.

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