**El Salmo Viviente: Una Historia de Alabanza y Poder**
En los días antiguos, cuando el pueblo de Israel habitaba en la tierra prometida, hubo un hombre llamado Eliab, un levita que servía en el templo de Jerusalén. Eliab era conocido por su profundo amor por las Escrituras y su devoción inquebrantable a Dios. Cada mañana, antes de que el sol iluminara los montes de Judea, Eliab se levantaba para meditar en los salmos, especialmente en el Salmo 135, que resonaba en su corazón como un canto de victoria y alabanza.
Una tarde, mientras el sol se ocultaba detrás de las colinas, Eliab se sentó en el atrio del templo con un grupo de fieles. Los peregrinos habían llegado de lejos para adorar al Señor, y sus rostros reflejaban tanto cansancio como esperanza. Eliab, movido por el Espíritu, decidió compartir con ellos las palabras del Salmo 135, no solo como un texto sagrado, sino como una historia viva que revelaba el poder y la bondad de Dios.
«Escuchen, hermanos», comenzó Eliab, su voz suave pero llena de autoridad. «El Salmo 135 nos recuerda que nuestro Dios es grande, más grande que todos los dioses de las naciones. Él hace lo que le place en los cielos y en la tierra, en los mares y en todos los abismos. Él es el Creador de todas las cosas, el que saca los vientos de sus depósitos y hace relampaguear los cielos con su poder».
Los presentes inclinaron sus cabezas, algunos murmurando palabras de asentimiento. Eliab continuó, describiendo con vívidos detalles cómo Dios había demostrado su poder a lo largo de la historia de Israel. «¿Recuerdan cómo el Señor hirió a Egipto con plagas y liberó a nuestros padres de la esclavitud? Con mano fuerte y brazo extendido, Él envió señales y prodigios que dejaron sin palabras a los egipcios. Faraón y sus ejércitos, confiados en su poder, se ahogaron en el Mar Rojo, mientras que Israel cruzó en seco, cantando alabanzas al Señor».
Un anciano en el grupo, con lágrimas en los ojos, asintió y murmuró: «Sí, Él es fiel. Él nunca nos abandona».
Eliab sonrió y prosiguió: «Y no solo en Egipto, sino también en la tierra prometida. El Señor derrotó a reyes poderosos, a Sehón, rey de los amorreos, y a Og, rey de Basán. Les entregó sus tierras como herencia a Israel, cumpliendo así la promesa que hizo a nuestros padres. ¿No es esto motivo de alabanza?».
La multitud comenzó a murmurar alabanzas, y algunos levantaron sus manos hacia el cielo. Eliab, viendo que el Espíritu estaba moviéndose entre ellos, elevó su voz aún más. «Pero no solo debemos recordar sus obras poderosas, sino también su bondad. Él es compasivo y misericordioso. Él escucha el clamor de los afligidos y levanta a los que están caídos. Por eso, debemos alabar su nombre, porque es bueno; cantar salmos a Él, porque es agradable y justo».
En ese momento, una mujer joven, que había estado escuchando en silencio, se levantó y dijo: «Maestro, ¿cómo podemos alabar a Dios en medio de nuestras pruebas? A veces, el dolor es tan grande que no encontramos palabras».
Eliab la miró con compasión y respondió: «Hija mía, la alabanza no depende de nuestras circunstancias, sino de quién es Dios. Él es el mismo ayer, hoy y siempre. Cuando alabamos, recordamos su grandeza y su fidelidad, y eso nos da fuerzas para seguir adelante. Incluso en la oscuridad, su luz brilla».
La mujer asintió, y una sonrisa de paz iluminó su rostro. Eliab concluyó su enseñanza con una exhortación: «Hermanos, no permitan que los ídolos de este mundo los engañen. Los dioses de plata y oro, hechos por manos humanas, no pueden hablar, ni ver, ni oír. Pero nuestro Dios está vivo, y su voz resuena en toda la creación. Alábenlo, porque Él ha escogido a Israel como su posesión preciosa. Alábenlo, porque Él es nuestro Redentor y nuestro Rey».
Al terminar, el grupo se unió en cánticos de alabanza, y el eco de sus voces llenó el atrio del templo. Eliab, con lágrimas de gratitud, levantó sus manos hacia el cielo y murmuró: «Bendito sea el Señor, desde Sión, el que mora en Jerusalén. ¡Aleluya!».
Y así, el Salmo 135 cobró vida en los corazones de aquellos que lo escucharon, recordándoles que el poder y la bondad de Dios son eternos, y que su alabanza nunca debe cesar.