Biblia Sagrada

El Resurrección de Jesús: Un Amanecer de Esperanza

**El Resurrección de Jesús: Un Amanecer de Esperanza**

Era el primer día de la semana, justo al amanecer, cuando el sol comenzaba a pintar el cielo con tonos dorados y rosados. Las mujeres que habían seguido a Jesús desde Galilea—María Magdalena, Juana y María, la madre de Santiago—se dirigían al sepulcro donde habían depositado el cuerpo de su amado Maestro. Llevaban consigo especias aromáticas que habían preparado con cuidado, deseando honrar a Jesús con un último acto de amor. Sus corazones estaban cargados de tristeza, pues recordaban la crucifixión y cómo todo había terminado de manera tan abrupta y dolorosa.

Al llegar al sepulcro, se detuvieron bruscamente. La enorme piedra que sellaba la entrada había sido removida. Sus miradas se cruzaron, llenas de confusión y temor. ¿Quién habría hecho esto? Con cautela, entraron en el sepulcro, pero no encontraron el cuerpo del Señor Jesús. El lugar estaba vacío, excepto por los lienzos que habían envuelto su cuerpo, cuidadosamente doblados y colocados a un lado.

Mientras estaban allí, perplejas y sin saber qué pensar, de repente dos hombres con vestiduras resplandecientes se aparecieron junto a ellas. Las mujeres, aterrorizadas, bajaron sus rostros al suelo, pero los hombres les dijeron: «¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí, ¡ha resucitado! Recordad cómo os habló cuando aún estaba en Galilea, diciendo que el Hijo del Hombre debía ser entregado en manos de hombres pecadores, ser crucificado y al tercer día resucitar».

Las palabras de los ángeles resonaron en sus corazones como un eco de esperanza. De repente, recordaron las enseñanzas de Jesús, sus palabras proféticas que en ese momento cobraban sentido. Con una mezcla de asombro y alegría, salieron corriendo del sepulcro para contarle a los discípulos lo que habían visto y oído.

Mientras tanto, en otra parte de la ciudad, dos discípulos—uno de ellos llamado Cleofás—caminaban hacia Emaús, un pueblo cercano a Jerusalén. Hablaban entre ellos sobre todo lo que había sucedido en los últimos días: la crucifixión de Jesús, las noticias de las mujeres sobre el sepulcro vacío y la confusión que reinaba en sus corazones. Mientras conversaban, un hombre se acercó y comenzó a caminar con ellos. Era Jesús mismo, pero sus ojos estaban velados para que no lo reconocieran.

«¿De qué estáis hablando mientras camináis?», les preguntó Jesús. Cleofás, con tristeza en su voz, respondió: «¿Eres tú el único forastero en Jerusalén que no sabe lo que ha sucedido en estos días?». Jesús les preguntó de nuevo: «¿Qué cosas?». Ellos le contaron acerca de Jesús de Nazaret, un profeta poderoso en obras y palabras, y cómo los líderes religiosos lo habían entregado para ser crucificado. «Nosotros esperábamos que él fuera el que redimiría a Israel», añadieron con desilusión.

Entonces, Jesús les dijo: «¡Oh insensatos y tardos de corazón para creer todo lo que los profetas han dicho! ¿No era necesario que el Cristo padeciera estas cosas y entrara en su gloria?». Y comenzando por Moisés y siguiendo por todos los profetas, les explicó todo lo que las Escrituras decían acerca de él.

Al acercarse a Emaús, Jesús hizo como que iba a seguir caminando, pero ellos le insistieron: «Quédate con nosotros, porque es tarde y el día ya ha declinado». Él entró y se sentó a la mesa con ellos. Tomó el pan, lo bendijo, lo partió y se lo dio. En ese momento, sus ojos se abrieron y lo reconocieron, pero él desapareció de su vista.

Cleofás y su compañero se miraron asombrados. «¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?», exclamaron. Sin perder tiempo, regresaron a Jerusalén, donde encontraron a los once discípulos y a otros que estaban reunidos. Antes de que pudieran contar su experiencia, los demás les dijeron: «¡Es verdad! El Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón».

Entonces, los dos discípulos contaron lo que les había sucedido en el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan. Mientras hablaban, Jesús mismo se presentó en medio de ellos y les dijo: «Paz a vosotros». Ellos, aterrorizados, pensaron que estaban viendo un espíritu. Pero Jesús les dijo: «¿Por qué estáis turbados y por qué surgen dudas en vuestros corazones? Mirad mis manos y mis pies; soy yo mismo. Palpadme y ved, porque un espíritu no tiene carne ni huesos, como veis que yo tengo».

Y diciendo esto, les mostró sus manos y sus pies, donde aún llevaba las marcas de los clavos. Aunque la alegría los invadía, todavía no podían creerlo por la magnitud del milagro. Entonces, Jesús les preguntó: «¿Tenéis aquí algo de comer?». Le dieron un trozo de pescado asado, y él lo tomó y lo comió delante de ellos.

Luego, les dijo: «Estas son las palabras que os hablé cuando aún estaba con vosotros: que era necesario que se cumpliera todo lo que está escrito acerca de mí en la ley de Moisés, en los profetas y en los salmos». Entonces, les abrió el entendimiento para que comprendieran las Escrituras.

«Así está escrito—continuó Jesús—, y así fue necesario que el Cristo padeciera y resucitara de los muertos al tercer día, y que en su nombre se predicara el arrepentimiento y el perdón de pecados a todas las naciones, comenzando desde Jerusalén. Vosotros sois testigos de estas cosas. Y he aquí, yo enviaré la promesa de mi Padre sobre vosotros; pero quedaos en la ciudad hasta que seáis investidos de poder desde lo alto».

Después de decir esto, Jesús los llevó hasta Betania, levantó sus manos y los bendijo. Y mientras los bendecía, se separó de ellos y fue llevado al cielo. Los discípulos, llenos de gozo y adoración, regresaron a Jerusalén, donde continuaban alabando a Dios en el templo.

Así, el Resucitado había cumplido su promesa, abriendo el camino de la redención y enviando a sus discípulos a ser testigos de su amor y poder en todo el mundo. El amanecer de aquel día no solo iluminó el cielo, sino que también iluminó los corazones de todos los que creyeron en él, marcando el inicio de una nueva era de esperanza y salvación.

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