**Elías y los mensajeros del rey Ocozías**
En aquellos días, después de la muerte del rey Acab, su hijo Ocozías ascendió al trono de Israel. Sin embargo, Ocozías no siguió los caminos del Señor, sino que continuó en la idolatría y el pecado de su padre, adorando a Baal y provocando la ira de Dios. Un día, mientras Ocozías estaba en su palacio en Samaria, ocurrió un accidente. El rey se encontraba en la sala superior de su casa, cerca de una ventana con celosías, cuando de repente perdió el equilibrio y cayó al suelo. La caída fue tan grave que quedó gravemente herido, con huesos rotos y un dolor insoportable.
Preocupado por su condición, Ocozías decidió buscar ayuda. Sin embargo, en lugar de volverse al Dios de Israel, el rey cometió un grave error. Llamó a sus siervos y les ordenó: «Id y consultad a Baal-zebub, el dios de Ecrón, para saber si me recuperaré de esta enfermedad». Baal-zebub, cuyo nombre significa «señor de las moscas», era un ídolo adorado por los filisteos en la ciudad de Ecrón. Ocozías, en su desesperación, prefirió buscar respuestas en un dios falso en lugar de humillarse ante el Dios verdadero.
Pero el Señor, que todo lo ve, no permitió que este acto de idolatría quedara sin respuesta. Mientras los mensajeros del rey se dirigían a Ecrón, el ángel del Señor se apareció al profeta Elías, quien estaba en una región montañosa. El ángel le dijo: «Levántate y ve al encuentro de los mensajeros del rey de Samaria. Diles: ‘¿Acaso no hay Dios en Israel para que vayáis a consultar a Baal-zebub, el dios de Ecrón? Por tanto, así dice el Señor: Del lecho en que te acostaste no te levantarás, sino que ciertamente morirás'».
Elías obedeció al instante. Bajó de las montañas y se encontró con los mensajeros en el camino. Con voz firme y autoridad divina, les transmitió el mensaje que el Señor le había dado. Los mensajeros, sorprendidos y atemorizados por las palabras del profeta, regresaron inmediatamente al palacio para informar al rey.
Cuando Ocozías escuchó el mensaje, su rostro se llenó de ira y temor. Reconoció de inmediato que era Elías quien había hablado, pues el profeta era conocido por su valentía y su fidelidad a Dios. El rey, en lugar de arrepentirse, decidió actuar con soberbia. Llamó a un capitán de su ejército y le ordenó: «Toma cincuenta hombres y ve a buscar a Elías. Tráelo ante mí, pues ha hablado palabras de maldición contra mí».
El capitán, junto con sus cincuenta hombres, partió hacia el lugar donde se encontraba Elías. Lo encontraron sentado en la cima de un monte, en actitud de oración y comunión con Dios. El capitán, con tono arrogante, le dijo: «Hombre de Dios, el rey ha dicho que bajes». Pero Elías, lleno del Espíritu del Señor, respondió con firmeza: «Si yo soy hombre de Dios, que descienda fuego del cielo y te consuma a ti y a tus cincuenta hombres». En ese mismo instante, un fuego abrasador descendió del cielo y consumió al capitán y a sus hombres, dejando solo cenizas donde antes estaban.
Cuando Ocozías se enteró de lo sucedido, no aprendió la lección. En lugar de humillarse ante Dios, envió a otro capitán con otros cincuenta hombres. Este segundo grupo llegó donde Elías y, con la misma arrogancia, le ordenó que bajara. Elías repitió las mismas palabras: «Si yo soy hombre de Dios, que descienda fuego del cielo y te consuma a ti y a tus cincuenta hombres». Nuevamente, el fuego del cielo cayó y consumió a todos.
El rey, obstinado y ciego en su orgullo, envió un tercer capitán con otros cincuenta hombres. Sin embargo, este tercer capitán era diferente. Al acercarse a Elías, se postró ante él y le suplicó con humildad: «Hombre de Dios, te ruego que tengas consideración por mi vida y por la vida de estos cincuenta siervos tuyos. Hemos visto cómo el fuego del cielo ha consumido a los dos primeros capitanes y a sus hombres. Te suplico que no nos hagas lo mismo».
Elías, viendo la humildad del capitán, decidió no castigarlos. El ángel del Señor le dijo: «No temas, baja con él». Entonces, Elías se levantó y fue con el capitán al palacio del rey. Al llegar, se presentó ante Ocozías y le repitió el mensaje de Dios: «Así dice el Señor: Por cuanto enviaste mensajeros a consultar a Baal-zebub, el dios de Ecrón, como si no hubiera Dios en Israel a quien consultar, no te levantarás del lecho en que estás acostado, sino que ciertamente morirás».
Y así sucedió. Ocozías no se recuperó de su enfermedad, sino que murió, tal como el Señor lo había dicho por boca de Elías. El rey no tuvo descendencia, y su hermano Joram lo sucedió en el trono. Este relato nos enseña la importancia de buscar a Dios en todo momento y de no volvernos a ídolos o falsas esperanzas. También nos muestra la soberanía y el poder de Dios, quien castiga la idolatría pero también muestra misericordia a quienes se humillan ante Él. Elías, como fiel siervo de Dios, cumplió su misión con valentía y obediencia, recordándonos que el Señor es el único digno de nuestra adoración y confianza.