**El Salmo 28: La Oración del Corazón Quebrantado**
En los días antiguos, cuando el rey David gobernaba sobre Israel, hubo un tiempo de gran tribulación en su vida. Aunque era un hombre conforme al corazón de Dios, no estaba exento de pruebas y dificultades. En una ocasión, mientras se encontraba en el desierto de Judá, lejos de la seguridad de su palacio en Jerusalén, David se sintió abrumado por la angustia. Sus enemigos lo rodeaban como lobos hambrientos, y sus palabras eran como flechas envenenadas que buscaban derribar su espíritu. Fue en ese momento de desesperación que David, con el corazón quebrantado, elevó una oración ferviente al Señor, una oración que más tarde se convertiría en el Salmo 28.
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El sol se ocultaba en el horizonte, pintando el cielo con tonos de rojo y oro, mientras David se arrodillaba en la arena seca del desierto. A su alrededor, el silencio era interrumpido solo por el susurro del viento que jugueteaba con las ramas de los arbustos espinosos. Sus manos se alzaron hacia el cielo, y sus labios comenzaron a moverse en una oración sincera y apasionada.
«¡Oh Señor, mi roca! No te quedes callado ante mí», clamó David con voz temblorosa. «Porque si guardas silencio, seré como aquellos que descienden al sepulcro, sin esperanza y sin fuerza.»
David sabía que su vida dependía de la misericordia de Dios. Sus enemigos, hombres crueles y astutos, conspiraban en las sombras, planeando su caída. Sus palabras eran dulces como la miel, pero en su interior albergaban veneno. «No me arrastres con los impíos, ni con los que hacen iniquidad», suplicó David, recordando a aquellos que hablaban de paz con sus vecinos, pero cuyos corazones estaban llenos de maldad.
El rey cerró los ojos y visualizó las obras de los malvados: cómo sembraban discordia, cómo destruían las relaciones entre hermanos, y cómo se burlaban de la justicia de Dios. «Hazles conforme a sus obras, y conforme a la maldad de sus acciones», oró David, confiando en que el Señor, como juez justo, haría lo correcto. «Págales conforme a lo que sus manos han hecho; dales su merecido.»
Pero David no se detuvo en la petición de justicia contra sus enemigos. Su corazón anhelaba algo más profundo: la presencia de Dios. «Porque no tienen en cuenta las obras del Señor, ni las obras de sus manos», murmuró, recordando cómo los impíos ignoraban las maravillas que Dios había hecho en la creación y en la historia de su pueblo. «¡Destrúyelos, y no los edifiques más!»
En ese momento, una brisa fresca envolvió a David, como si el Espíritu de Dios estuviera confirmando su oración. Sintió una paz que trascendía toda comprensión, y su fe se fortaleció. «Bendito sea el Señor, porque ha oído la voz de mis súplicas», exclamó con alegría. «El Señor es mi fortaleza y mi escudo; en él confió mi corazón, y fui ayudado.»
David se levantó de su postración, y su rostro brilló con una nueva esperanza. Sabía que Dios no lo abandonaría, que su oración no había caído en oídos sordos. «Por tanto, mi corazón se regocija, y con mi cántico le alabaré», declaró, levantando sus manos en adoración. «El Señor es la fortaleza de su pueblo; es la salvación de su ungido.»
Con renovado vigor, David tomó su arpa y comenzó a cantar. Las notas melodiosas llenaron el aire, y los soldados que lo acompañaban se unieron a la alabanza. Aunque las circunstancias no habían cambiado, David sabía que Dios estaba con él, y eso era suficiente.
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Años más tarde, cuando David regresó a Jerusalén y escribió este salmo, recordó aquella noche en el desierto. Sabía que su experiencia no era única, que todos los que confían en el Señor enfrentarían pruebas y enemigos. Pero también sabía que Dios es fiel, que escucha las oraciones de los que claman a él con un corazón sincero.
El Salmo 28 se convirtió en un recordatorio para el pueblo de Israel, y para todos los creyentes a lo largo de los siglos, de que Dios es nuestra roca inquebrantable. En los momentos de mayor oscuridad, cuando parece que el silencio de Dios es ensordecedor, podemos clamar a él con confianza, sabiendo que él nos escucha, nos fortalece y nos salva.
Y así, la oración de David, nacida en la soledad del desierto, resonó a través de las generaciones, recordándonos que, aunque los impíos prosperen por un tiempo, su fin está cerca. Pero los que confían en el Señor serán sostenidos, porque él es su fortaleza y su escudo. Y como David, podemos levantar nuestras voces en alabanza, diciendo: «Bendito sea el Señor, porque ha oído la voz de mis súplicas.»